domingo, abril 08, 2007

TIERRA DE CONEJOS

Puestos a buscar agravios, hay quien los encuentra hasta en el diccionario. Cuando eso sucede entre gente como usted y como yo, puede atribuirse a mera susceptibilidad. Pero cuando los presuntamente ofendidos, normalmente en nombre de toda una colectividad, son los políticos, lo más probable es que estemos en temporada de pesca de votos. Supongo que a eso se deben los aspavientos que un nacionalista gallego ha hecho recientemente al saber que el diccionario de la RAE, en su última edición, sigue recogiendo ciertas acepciones del término “gallego” que él juzga ofensivas.

Asombra, en verdad, la cantidad de cosas que se entienden por “gallego” en el ámbito hispánico. En sus primeras acepciones, “gallego” significa natural de Galicia o perteneciente o relativo a dicho territorio. Hasta ahí, bien. Menos gustará a las mentalidades nacionalistas la siguiente: en Argentina, como todo el mundo sabe, “gallego” equivale a “español”. Y si no bastara con esta intolerable disolución de la identidad regional (o nacional, depende) en la general, resulta que, según el mismo diccionario (redactado, como se sabe, por españolistas acérrimos, enemigos de toda veleidad identitaria), en Costa Rica “gallego” es sinónimo de tonto, y, en El Salvador, de tartamudo. Cabe imaginar las razones de esas peculiares acepciones. Imagina uno los apuros del emigrante en ultramar, y la rechifla con que los ya adaptados se referirían, irónicamente, a los despistes y malentendidos en que incurriría el recién llegado. Rechifla que desaparecería, supongo, cuando el gallego en cuestión, después de mucho trabajo, se hacía con la posesión de un ingenio azucarero y se convertía en potentado. En cuanto a la tartamudez, ya se sabe que todo el que se expresa en un idioma distinto al dominante es susceptible de parecer que no sabe hablar, o habla en jerigonza. La palabra “algarabía”, que designaba, en principio, la lengua árabe que se hablaba en la España musulmana, pasó a designar un galimatías sin sentido cuando esos territorios fueron conquistados por los cristianos. Imagínense que los árabes de hoy se considerasen ofendidos (aunque no es cuestión de darles ideas) por el significado actual de la palabra y exigiesen su eliminación del diccionario. Aunque sus antepasados, por cierto, no dudaron en motejar de “bereberes” (es decir, de gente que, al hablar, no hace más que bla-blá, o bar-bar), a los nómadas del Magreb…

Y es que, si escarbamos un poco, no hay denominación que no sea caricaturesca o peyorativa. Por ello, pretender que los diccionarios corrijan la Historia y la suerte de cada palabra es una ingenuidad, cuando no una exigencia abusiva. La propia palabra “España”, si atendemos a lo que dicen algunos etimólogos, no significa otra cosa que “tierra de conejos”.

Imagínense: todos nuestros compatriotas comiendo zanahorias y moviendo el rabito y las orejas…


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Jorroroso dijo...

Apoyo... (por cierto, ¿apoyar es palabra machista?), digo que apoyo sus ideas. Si comenzásemos a podar del diccionario todas las palabras que encierran sentidos políticamente incorrectos, nos quedaríamos con una edición bien liviana. A continuación fundaríamos con el sostén de mecenas privados un instituto que redactase otro nuevo diccionario, pero sin remilgos semejantes.

Portorosa dijo...

Como gallego en al menos sus dos primeras acepciones, y probablemente en la costarricense, apoyo también sus ideas.
Exigencias abusivas hay a barrer, en el ámbito nacionalista; sobre todo cuando de cuestiones pintorescas se trata.

Un saludo.