domingo, mayo 27, 2007

FRIVOLIDAD

Frivolidad, "la forma más civilizada de la alegría", según leo en Mercado de espejismos, de Felipe Benítez Reyes. Valga como argumento contra quienes denigran este fruto ligero de la conciencia cultivada. Contra los que practican la seriedad del burro, digamos.

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Los domingos son tan complicados porque son dos días en uno: la mañana luminosa, prometedora, alegre. La tarde lenta, interminable, opresiva, cargada de malos presagios. Entre ellos, casi siempre, una comida copiosa. Pero no crean: he probado a evitar esa comida capaz de cambiar el signo del día, y el resultado es el mismo.

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Qué mal le van las cosas a Gerardo Diego, el pobre. Nadie (ni siquiera mi muy ponderado amigo José Mateos, según leo en su lúcido libro La razón y otras dudas) lo tiene por poeta de cabecera, por maestro. Ni siquiera por verdadero poeta. Y, sin embargo, el único inconveniente que cabe oponerle es que es un poeta aparentemente... impersonal. Pero sólo aparentemente.
Santander, mi cuna, mi palabra y Soria sucedida, por ejemplo, son libros sobre ciudades vividas, interiorizadas. No son Une saison en en enfer, ni falta que les hace. Pero sí son... eso: une saison en Santander, une autre en Soria. Que no son malos sitios para pasar une saison. Mejores, en todo caso, que el que propone el muy sobrevalorado poeta francés.

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Y una modesta sorpresa televisiva: La chica del gángster, de John McNaughton. O la poco ejemplar historia de amor surgida entre un pusilánime y una mujer sobrepasada por las circunstancias. Se nota la mano de Scorsese, que hace aquí de productor. De ese delicioso Scorsese menor de, por ejemplo, Afterhours, y no del muy pretencioso realizador de otros filmes que no vienen al caso.

La película pone una nota de melancolía en la noche del sábado. En toda historia de amor confluyen pusilanimidades varias y circunstancias más o menos insuperables. El resultado es siempre una solución de compromiso, alcanzada a medias por azar, a medias por empecinamiento; un empecinamiento que tampoco es del todo voluntario, que también está sujeto a esos azares de la voluntad que no controlamos...

Ni siquiera cuando el pusilánime es Robert de Niro y la amada Uma Thurman.

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Un último apunte de lo que dio de sí el fin de semana. En Sevilla, en las Reales Atarazanas, en el preámbulo de la presentación de mi Sexteto de Madrid. Dos de los amigos asistentes encienden un cigarrillo a la puerta de la sala, al aire libre, rodeados por las imponentes arcadas de piedra de esta antigua construcción portuaria. El encargado de la sala les llama la atención, amablemente. Pero llega un tercero y, pese a ser advertido por los otros de la prohibición vigente, enciende su cigarrillo. Esta vez el encargado monta en cólera, y proclama en tono desabrido que "si no se puede fumar, es que no se puede fumar". De nada sirve argumentar que los allí congregados somos cuatro gatos, que a nadie le importa, que estamos al aire libre. Con las normas chocamos siempre del mismo modo: cuando advertimos que no tienen en cuenta las muchas excepciones razonables que permitiría el sentido común y la cortesía de cualquier anfitrión particular. De ahí que, en el fondo, todos tengamos conciencia de infractores. Incluso quienes no fumamos.

2 comentarios:

conde-duque dijo...

Don José Manuel, tengo que felicitarle por haber formado parte del jurado del Premio "Manuel Llano" 2006 que ganó el libro "Zeppelin", de José Manuel Martín Peña (publicado ahora por Pre-textos). En mi blog, la crónica de mi lectura.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La decisión fue unánime, dada la evidente calidad del texto. Me alegro de que le haya gustado.