viernes, mayo 25, 2007

PROMESAS

El alcalde de un municipio gaditano, oigo en la radio, hizo reír a los asistentes a un mitin electoral cuando sacó una libreta y un lápiz y preguntó: “A ver, ¿dónde hay que poner farolas? ¿En qué calles hay baches? El lunes mismo doy orden de que todo eso se arregle”. Los vecinos, supongo, se reían de la desfachatez del alcalde. Pero también cabe pensar que lo que les daba risa era el poco vuelo de sus promesas. “Para eso”, debían pensar, “no hacen falta unas elecciones: basta con pedir presupuesto a una empresa de mantenimiento”. Sin embargo, en otros lugares lo que ha motivado la risa ha sido lo extravagante de las promesas de tal o cual candidato. Alguno, leo, ha propuesto acabar con los atascos de tráfico construyendo un teleférico que sobrevuele su pueblo. Y eso ha sucedido, no en alguna localidad pirenaica, como sería lo natural, sino en una del Aljarafe sevillano, comarca que, como todo el mundo sabe, se caracteriza por la lisura casi absoluta de su relieve…

No sabemos bien qué queremos. Sólo hay un deseo igual de fuerte que el de cambiarlo todo, que es el de que todo siga como está. Y a veces las promesas en uno u otro sentido pueden resultar contraproducentes. El ciudadano que cuenta, como único aliciente electoral, con la promesa de que algún día le repararán el sempiterno bache de su calle, seguramente sentirá el mismo tedio anticipado que el que teme que, a los pocos meses de producirse el relevo en el gobierno municipal, un tren futurista sobrevuele su casa y haga temblar las cristalerías del salón. Incluso puede ocurrir algo peor: que se produzcan las dos cosas a la vez; que se atiendan los problemas cotidianos con la desidia de siempre y, al mismo tiempo, se aborden proyectos disparatados y costosos; con lo que el ciudadano puede llegar a la conclusión de que los políticos se toman todo esto más bien a broma y juegan al buen tuntún con los presupuestos públicos. Que es precisamente lo que hacen.

Por eso me echo a temblar cuando oigo a alguno decir que quiere construirnos la ciudad “del siglo veintiuno”. La ciudad del siglo veintiuno, como la del dieciocho, la del diecinueve, la del veinte y la de cualquier otro siglo que se precie, se construirá sola. Y, si no lo hace, será porque el peso de los poderes públicos habrá ahogado esa suma de iniciativas individuales que, en los periodos boyantes de la Historia, moldea las ciudades y les proporciona su tono vital característico. Cuando veo esos desolados parques temáticos, “ciudades de las ciencias” más o menos futuristas, auditorios en forma de monda de naranja y demás ocurrencias municipales contemporáneas, lo que más me aterra de ellas es lo claramente que proclaman que los deseos y aspiraciones de los ciudadanos nada tuvieron que ver con su gestación. Seguro, además, que no lejos de ellas hay alguna que otra farola rota, alguna calle sin asfaltar…


Publicado el martes pasado en Diario de Cádiz

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