sábado, mayo 05, 2007

RUIDO

Al cincuenta y dos por ciento de los españoles, leo, les molesta el ruido. El que hace, supongo, el otro cuarenta y ocho por ciento. Aunque las cosas nunca son tan sencillas: ni siquiera en esto la existencia de dos Españas es tan evidente como pudiera pensarse. Muchos son, supongo, quienes, además de padecer el ruido ajeno, no tienen empacho en hacer todo el que pueden, bien para contrarrestar el que reciben, bien simplemente porque no son conscientes de que el suyo molesta tanto como el que hacen los demás. Oímos el tum-tum discotequero con el que se acompaña la vecina de arriba para limpiar el polvo, y subimos el volumen del disco de Miles Davis con el que sacudimos las telarañas del alma antes de entregarnos a nuestros quehaceres. La vecina, a su vez, sube el volumen de su chunda-chunda, y nosotros le devolvemos un limpio trompetazo que hace vibrar los jarrones que compramos en la Alpujarra en un recóndito verano de nuestra juventud…

Es la guerra. Al otro lado de la pared, mientras tanto, se despereza un televisor. Se oye el seseo sensual del galán de turno del “culebrón” venezolano, y lamentamos que la revolución bolivariana no haya sustituido, como hizo en su día la cubana, las teleseries frívolas por las actuaciones de los ballets rusos… Misterios de la geopolítica. Mientras, en plena calle, unos obreros animosos atacan el pavimento con un martillo mecánico. El tesoro que busca el alcalde debe de andar bien escondido, o el mapa que sigue está equivocado… Ayer mismo, si no recuerdo mal, vi al capataz de la obra pararse muy serio junto a un árbol, mirar hacia donde se pone el sol y contar siete pasos en esa dirección. Luego señaló un punto en el suelo, precisamente en el lugar donde hoy han empezado a taladrar… Me rindo. Hago callar a Miles Davis y me resigno a pensar que esa mezcla de latidos rítmicos, voces sabrosonas y trepidación mecánica es el estado natural de las cosas. Que la vida es vida porque zumba enfurecida al otro lado de la pared, como un enjambre de abejorros monstruosos.

Claro que, a lo mejor, lo que sucede no tiene tanto que ver con el ruido en sí, como con la absoluta falta de consideración hacia el prójimo que siente el español medio. A esa señora le trae sin cuidado que abajo pueda haber alguien intentando concentrarse en sus cosas; el de al lado ni siquiera se imagina que las voces insidiosas de su “culebrón” latino se oigan nítidamente al otro lado de la pared; el ayuntamiento no se ha planteado jamás que una planificación cuidadosa de las obras ahorraría considerables molestias a los ciudadanos.

Ya llegará la noche, me digo. Y, efectivamente, a altas horas de la madrugada cesan definitivamente los ruidos. Cierro los ojos. Casi concilio el sueño. Y entonces el petardeo prolongado, contumaz, de una moto rasga el silencio. Es el demonio, que ha salido a pasearse por sus dominios.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo de que al español medio le importe un bledo lo que puedan provocar sus actos en el prójimo se aplica al ruido y al resto de efectos privados y públicos de nuestro comportamiento. No está extendido todavía ese sentir intermedio entre lo estrictamente privado y lo estrictamente público, ese mundo perfecto que es la ciudadanía. Mientras tanto, el creciente número de «ciudadanos», entre los que me considero, tenemos que someternos, conciencia política obliga, a esas molestias impuestas por la mayoría, democracia obliga. Hay que j...

loganfugado dijo...

Coincido. La única solución, me temo, es escapar. Cada día veo más lejano y poco probable ese cambio hacia la ciudadanía, no hay más que ver el "sentido colectivo" de la generación logse: arremeter contra la policía porque no les dejan hacer botellón (con excepciones, por supuesto)