domingo, mayo 13, 2007

SEPULTUREROS

En tiempos de inquietud social, siempre me planteo si no habrá algo de injusticia en el hecho de que quienes son más o se ocupan de tareas de gran trascendencia pública consigan darles a sus problemas una resonancia que parece negada a quienes trabajan en empresas pequeñas o en labores más discretas. Pienso en esto después de una semana en la que ha sido prácticamente imposible sustraerse a los efectos de ciertos conflictos laborales. Una huelga del transporte público ha conseguido colapsar la ciudad durante tres días consecutivos. En el segundo, los trabajadores de Delphi se manifestaban por la avenida principal de la ciudad, complicando aún más la ya difícil situación del tráfico. Unos y otros han conseguido que sus protestas tengan una enorme repercusión pública, con lo que tienen asegurada la atención de las autoridades. Y es una lástima, pienso, que otros colectivos menos poderosos no consigan suscitar ese mismo interés. Si un taller con diez trabajadores cierra sus puertas, el drama familiar de cada uno de éllos es idéntico al de quienes pueden perder su empleo porque cierre una fábrica con dos mil. Es más: incluso es posible que, en lugares de economía castigada, como es el caso de Cádiz, la suma de quienes han perdido su empleo por esas pequeñas crisis de las que nadie ha oído hablar sea mayor que la de quienes han visto peligrar el suyo en las sucesivas crisis de las grandes empresas. La diferencia es que estos últimos pueden paralizar la ciudad, mientras los otros deben resignarse a sufrir sus apuros en silencio.

Por eso me ha conmovido la noticia de que tres de los cinco sepultureros con que cuenta el municipio gaditano de San Roque están en huelga. Hay algo heroico en esa protesta de tres, que previsiblemente no provocará grandes alteraciones en la vida ciudadana ni suscitará las quejas de una clientela desatendida. Porque la clientela que tienen, en fin, es la más paciente del mundo, y se limitará a esperar en silencio a que los dos sepultureros que siguen trabajando puedan atenderla. Sin prisas, claro. Porque lo menos que se puede esperar de ellos es que, mientras remueven la tierra, dediquen a la calavera del Yorick de turno un comentario irónico, antes de que algún enlutado príncipe de Dinamarca la tome en sus manos e inicie el consabido monólogo sobre las paradojas del ser y el no ser… Los otros, los huelguistas, dicen que tienen exceso de trabajo. Y eso, con todo respeto, me inquieta más: ¿tendrá que ver ese trabajo excesivo con las emisiones contaminantes de las que la prensa campogibraltareña informa periódicamente? ¿O será, más bien, un exceso de carácter metafórico, alusivo al hecho incontrovertible de que el gremio de sepultureros es el único del que todos alguna vez seremos clientes?

Bienvenida esa huelga silenciosa y melancólica. No todo va a ser ruido y carreteras cortadas.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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