viernes, junio 29, 2007

CANASTILLAS

Cuando se pasa revista a los cambios sociales habidos en España desde la muerte de Franco, se olvida siempre hablar del canapé. Hubo una época del canapé; es decir, del trocito de pan sin corteza, untado con alguna sustancia viscosa (normalmente, mahonesa o foie-gras) y coronado por una anchoa, un trozo de queso o cualquier otra porción de alimento sólido. Esa época pasó, y ahora estamos en la de la canastilla, que es un concepto distinto: la canastilla admite sustancias más líquidas: salmorejo, por ejemplo, o cremas, o “espumas” de esto y aquello, y no necesita justificarse con la presencia de ningún alimento sólido. A golpes de canapé hicimos la Transición, atravesamos la “movida” musical y artística de los ochenta, llegamos a los fastos del 92. Los gobiernos y administraciones de entonces presentaban sus logros y promesas entre bandejas de canapés, acompañadas a veces de un bebistrajo que llamaban “cóctel de champán”…

Éramos pobres. En esos mismos años, centenares de personas se habían intoxicado en los barrios bajos de Madrid por consumir el tristemente famoso “aceite de colza”; los mundiales de fútbol del 82, presididos por la ridícula y oronda figura de “Naranjito”, habían sido una monumental chapuza organizativa y deportiva. Ni siquiera la tan celebrada “movida” era gran cosa: una especie de festín de ratones, aprovechando que el gato había pasado a mejor vida. Con todo, éramos felices. Habíamos estrenado derechos ciudadanos y una saludable libertad de costumbres. Y sólo necesitábamos que, cuando íbamos a la inauguración de una exposición o a la presentación de un libro, alguien nos tratara con esa mínima deferencia que echábamos de menos en la desabrida vida cotidiana, presidida por el desempleo y la falta de perspectivas. Es decir, que un camarero de pajarita o una bella camarera enfundada en una malla negra nos acercara la bandeja de canapés. Entonces, además de ser felices, nos lo creíamos.

No sabría decir cuándo empezó la transición del canapé a la canastilla. Sin duda la influencia del cocinero Ferrán Adriá y sus imitadores ha hecho estragos, como sabe todo el que ha probado la “espuma de tortilla” o la “escarcha” de ostras en lugar de la tortilla o la ostra auténticas. En el canapé percibíamos cariño, deseo de agradar. No sé decir, en cambio, a qué propósito responde la canastilla. Incluso he llegado a sospechar en ellas una cierta intención despectiva: como si quien nos las sirve pensara que somos demasiado ricos y ya comemos demasiado bien en casa como para que, encima, los anfitriones de los grandes eventos nos atiborren de comida sólida.
Vistas así las cosas, en fin, mejor que nos den canastillas y no otra cosa. Qué catástrofe, qué terrible crisis habría de ocurrir para que volviéramos a ver en lo saraos públicos tortillas de verdad y auténticas rodajas de butifarra. No quiero ni imaginarlo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Oly dijo...

La lectura de este artículo tan deprimente, me ha traído un recuerdo de la niñez. Mi madre no nos dejaba ver la película Oliver Twist en la tele porque era muy triste. Quería educar a sus hijos en la alegría.

conde-duque dijo...

Lo de Naranjito me ha dolido mucho... ¡Llamar "ridículo" a uno de mis ídolos de la infancia!
Yo tenía entonces cinco años y la habitación llena de pegatinas de Naranjito, con su figura oronda (hombre, ¿cómo va a ser una naranja, estilizada?) y su sonrisa siempre estirada. Ay, y Citronio y Clementina.
PD: Por cierto, hace una semana que hemos abierto un nuevo blog sobre literatura unos amigos y me gustaría que se pasase a echar un vistazo. Estamos enzarzados en un debatillo sobre el "realismo". A ver si nos puede ayudar a aclararnos un poco...
Se llama "A trancas y barrancas" (expresión de Azorín) y está en esta dirección:
http://nietos-de-solana.blogspot.com/