sábado, junio 02, 2007

ENTRETIEMPO

Nuestros abuelos, que eran algo más previsores que nosotros, guardaban en el armario un juego completo de lo que ellos llamaban “ropa de entretiempo”; que venía a ser como la de invierno, pero confeccionada con telas más livianas y alegres. Cuando empezaba el buen tiempo no renunciaban, por ejemplo, a llevar abrigo; pero éste no era ya la prenda pesada y oscura que habían usado en invierno, sino que tenía el grosor de una chaqueta y era de color claro. A mi madre le llegué a conocer un abrigo de verano blanco, con brocados del mismo color, que le daban a la prenda una apariencia tornasolada. Lo usaba poco, la verdad sea dicha, pero su sola presencia en el armario era una prueba de que entonces no se sentía que las diferencias entre el verano y el invierno fueran tan acusadas; que también el clima tenía grados y matices.

Nosotros somos todo lo contrario: ansiosos, impacientes, extremos. Brilla el sol dos días seguidos y nos creemos autorizados para arrumbar, no ya los abrigos, sino incluso las chaquetas y los jerseys. En esto, como en muchas otras cosas, hemos perdido el sentido del matiz, de la gradación, de la medida. Luego nos sobrecogemos si, en medio de alguno de esos veranillos engañosos que anteceden al verdadero verano, el cielo se nubla. La semana pasada, sin ir más lejos, fueron muchos los que salieron a la calle en manga corta y volvieron, si no trasquilados, sí empapados y arrecidos. Llovió, venteó, granizó. Se inundaron pueblos enteros. Quien más, quien menos, todos capeamos el temporal como pudimos: en manga corta; o, a lo sumo, con una chaqueta de telilla como única protección contra los elementos. Porque, además de impacientes, tendemos a ser pertinaces; y si hemos decidido que ya llegó el momento de subir al altillo las prendas de abrigo, nada nos hará desdecirnos. Y, así, no ha sido raro oír comentarios como éste: “Fíjate qué tiempo hace. Pero ya tengo guardada la gabardina”. Y el interlocutor mueve la cabeza en gesto solidario, porque nada nos hace más comprensivos con las contrariedades ajenas que constatar que nacen de impulsos que también nosotros hemos experimentado.


Contrariedades aparte, es una pena que hayamos renunciado al entretiempo. Como lo es, en fin, que hayamos renunciado a todo lo intermedio, ambiguo, entreverado. Y no me refiero sólo al clima: cada vez abundan más, por ejemplo, los temperamentos extremos, ya sean invernales o veraniegos. Los partidarios de la desnudez, aunque sea inoportuna, frente a los partidarios del velo y la capucha, aunque sea para nadar en la piscina; los de la desfachatez, frente a los de la reserva exagerada; los del estruendo discotequero, aunque sea bajo el balcón de una residencia de ancianos, frente a los del silencio de la clausura. Echa uno de menos otras coberturas más ligeras, más claras, más llevaderas. Como aquel abrigo blanco de mi madre.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo contigo en que nuestra manía de clasificar todo lo que nos rodea a veces se vuelve contra nosotros mismos. A veces actuamos con las personas igual que con los objetos y decidimos apartarlas de nuestras vidas porque creemos que no nos sirven, que no nos pueden aportar nada, que no entran en nuestro proyecto de vida y, en algunos casos, nos perdemos gestos, miradas o palabras que nos harían mucho bien.
Por esto, yo he decidido no tener "ropa de domingo" o pantalones "de salir" (como si también los hubiera de entrar): cualquier día pueder ser bueno para ponerme cualquier cosa o escuchar a cualquier persona.