miércoles, junio 06, 2007

IQUINO

Intuyo que el plano-secuencia que tanto me ha llamado la atención en Los ladrones somos gente honrada (1942), de Ignacio F. Iquino tiene truco, pero no tengo la opción de hacer marchar la película hacia atrás para examinarlo con más detenimiento. La toma comienza en el interior de la lujosa casa de los señores de Arévalo, donde el Melancólico (Manuel Luna) y sus secuaces de disponen a perpetrar un robo durante una concurrida fiesta; después de registrar lo que ocurre en el interior, la cámara se aleja hasta salir, literalmente, por una pequeña ventana con cortinas, para desplazarse libremente por el jardín y detenerse ante un ventanal donde el Melancólico (que, como su nombre indica, se dedica al crimen para escapar de un inconcreto pero muy mundano tedio vital) aborda a la señorita de la casa (amparito Rivelles), de la que se enamora. Sospecho, ya digo, que el truco está en la ventana que sirve de transición entre las dos partes del falso plano: como Hitchcock en La soga, el director catalán utiliza un punto neutro para fundir lo que, en realidad, son dos tomas.

Me asombra, en cualquier caso, este modesto pero significativo alarde técnico, hallado en una película que, por lo demás, me parece más que notable. El propio Manuel Luna, que tantas veces puso sus facciones peculiares al servicio de personajes oscuros y malhadados, hace aquí un papel que para sí quisiera Cary Grant. De hecho, si a algo recuerda esta simpática película es a Historias de Filadelfia: unos donnadies desconcertados en medio de los complicadísimos tejemanejes de una familia bien... Con un toque de los hermanos Marx, a quienes recuerdan mucho, incluso en su caracterización, los secuaces del Melancólico.

Siempre he pensado que detrás de las tentativas teatrales de Enrique Jardiel Poncela y otros dramaturgos de su tiempo (pienso en el genial Mihura) estaba el deseo de emular el grato ambiente de alegre intrascendencia que destilaba el cine americano. Y supongo que, cada vez que una obra suya era adaptada al cine, añoraba ese acabado, ese tono peculiar, que la industria cinematográfica española, en su pobretería y sus limitaciones, no estaba preparada para conseguir. (Y sigue sin estarlo: véase, si no, la reciente Ninette, en la que José Luis Garci destroza el original de Mihura al intentar infundirle una profundidad histórica y sociológica a la que éste era indiferente.)

Iquino, ya digo, estuvo cerca. Tampoco le sirvió de mucho. El sensible y prolífico realizador catalán, que trabajó con Lorca e hizo algunas inteligentes aproximaciones al cine de estilo americano (Brigada criminal, por ejemplo) acabó su vida firmando decenas de infumables películas oportunistas, y convirtiendo su nombre en marca de fábrica del peor cine español de todos los tiempos. No merecía ese destino, que quizá tampoco sobrellevó de mal grado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por tu análisis, aunque debo de puntualizar que la obra original sobre la que está basada la película no es de Mihura, sino de Jardiel Poncela, por lo cual sobra también toda la referencia a la Ninette de José Luis Garci.

Por lo demás, te felicito por tus puntos de vista, que me parecen técnicamente muy valiosos.

Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Tienes razón. Corrijo el error (del que, de todos modos, dejo aquí constancia) y trato de reconstruir mi razonamiento, que creo que sigue siendo válido.