miércoles, junio 27, 2007

PICORES Y CALAMBRES

Qué onerosa, qué inoportuna resulta la condición de escritor cuando, en la vida cotidiana, constatas (y constatan) algún penoso fracaso expresivo por tu parte. Cuando no aciertas, por ejemplo, a explicarle al médico los síntomas exactos de alguna dolencia más o menos difusa. Como si temieras que éste fuera a pensar: "Sí, sí, escritor; y no sabe distinguir un picor de un calambre".

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Claro que más grave, e inconfesable, resulta constatar que tampoco has sabido expresar, en algunos momentos, lo que sientes exactamente hacia personas muy próximas a ti.

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Acaso al escritor le pase lo que a esos inválidos que, una vez instalados en su silla de ruedas, a fuerza de constancia consiguen convertirse en campeones de alguna especialidad deportiva adaptada a su condición.

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