viernes, junio 22, 2007

TREINTA AÑOS

Se celebró con la pompa prevista el treinta aniversario de las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco. Con poco calor popular, todo hay que decirlo, y la previsible reiteración de imágenes e iconos muy vistos ya. Con todo, hay motivos para la satisfacción y el orgullo: nunca antes habíamos logrado un periodo de estabilidad democrática tan prolongado; nunca antes, tampoco, habíamos conseguido dotarnos de un sistema de gobierno que no engendrase su correspondiente bolsa de represaliados y exiliados. Lo que no significa que lo sucedido entonces no merezca, como cualquier otro acontecimiento relevante, un examen crítico, aunque sólo sea para entender algunas de las cosas que suceden hoy. Algo menos de autocomplacencia, en fin, y una reflexión sincera sobre lo que se debe a los méritos de cada cual y lo que debemos, en general, a la coyuntura internacional, a nuestro entorno geográfico y al buen sentido de la población.

Y es que uno de los aspectos más sorprendentes de la transición española a la democracia es que fue efectuada por una generación en la que no abundaban los demócratas. Repasa uno la constelación de partidos que se presentaron a aquellas elecciones y tropieza con una amplísima gama de formaciones de extrema izquierda dispuestas (más de boquilla que de otra cosa, por lo que se vio luego) a hacer la revolución; a la que podía unirse un variado abanico de grupúsculos de extrema derecha que se disputaban las esencias del régimen fenecido. Incluso en la zona media del espectro abundaba la confusión: los partidos de “centro” y centro-derecha acogían a no pocos franquistas reconvertidos, los de izquierda aunaban las aspiraciones de la socialdemocracia europea y una pintoresca retórica revolucionaria que inflamaba no pocos corazones en los mítines y manifestaciones. Lo sorprendente fue que, en pocos años, muchos de quienes lanzaban aquellas ardientes soflamas se convirtieron en probos funcionarios y gestores de un país miembro de la Unión Europea. Reconversiones de esta clase se registraron en los dos extremos del espectro político.

¿Dónde quedaron los tics, los malos hábitos de ese primer sarampión tan rápida y expeditivamente curado? Mucho me temo que persisten en ciertos reflejos de nuestra actual clase política. En la tendencia a descalificar al contrario al menor síntoma de desacuerdo, por ejemplo. En la opacidad y oscurantismo interno de los partidos. En su idea de que, una vez conseguido el voto popular, pueden actuar libremente al margen de los intereses generales. En 1977 inauguramos una democracia sin demócratas. Y hoy, treinta años después, deberíamos preguntarnos si el país, en su conjunto, ha interiorizado el sentido y las formas de la democracia, o sólo seguimos viendo en ella un modo coyuntural de convivir sin tirarnos los trastos a la cabeza.

Lo que, después de todo, ya es algo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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