domingo, junio 24, 2007

UN OBSEQUIO

Hay quien atesora sus libros queridos y hay quien, por el contrario, los regala alegremente, como si el mejor homenaje que se le pudiera hacer a un título apreciado fuera darlo a leer a otros. Me ocurrió el otro día: hablando de libros con ese amigo al que no veía desde hace veinte años, me menciona éste la vieja antología universitaria ("for college students") de poesía inglesa de Cleanth Brooks y Robert Penn Warren. A este último lo conocía yo como autor de All the King's Men, la novela que llevó al cine Robert Rossen (aquí la película se llamó El político, si no recuerdo mal), y que trata de la ascensión y caída de un político populista sin escrúpulos; una película, por cierto, que debería emitirse en televisión en vísperas de todas las convocatorias electorales. En cuanto a Brooks, me dice mi amigo que éste fue tutor suyo en la universidad; buen porte, corbata de lazo, traje de mezclilla, pelo blanco, modales irreprochables, buen humor: la típica estampa del man of letters anglosajón. Mi amigo, dice, se atrevió a mostrarle unos poemas suyos ("unos ripios"), escritos en inglés; y todavía se admira de que este imponente scholar le dedicase su tiempo y su atención; aunque, al parecer, lo que verdaderamente le interesaba era preguntarle a su pupilo por su exótico país de procedencia, en el que acababa de morir un dictador... No sé qué le diría mi amigo al respecto: supongo que una sarta de barbaridades, porque mi amigo era (y es, aunque de manera residual e irónicamente distanciada) más bien extremista. Aunque no tanto, en fin, como para no apreciar el peso de una gran tradición intelectual y universitaria, tan presente esa tarde en aquel despacho.

Al día siguiente me trajo el libro: la cuarta edición, de 1976 (la primera data de 1938), con el forro de plástico con el que ha aguantado un curso en Estados Unidos y treinta años en distintas casas en los alrededores de Conil. No sé qué decir; yo le traía mi penúltimo libro de cuentos (Lluvia ácida) y mi traducción de Kipling, como recuerdo del encuentro; pero ambos quisimos dejar claro que no se trataba de un intercambio, sino de dos obsequios sinceros; el suyo, por cierto, mucho más valioso que el mío, porque tiene más mérito desprenderse de un libro sobre el que uno no tiene más títulos que el de lector que de un libro propio.

(Por cierto, mientras escribo estas líneas me acuerdo de una de las escenas iniciales de El club de los poetas muertos, en la que el insoportable profesor que interpreta Robin Williams, después de marcarse unos cuantos sarcasmos sin respuesta posible por parte de sus desprevenidos alumnos, ordena a éstos que arranquen el prólogo de la antología escolar que han de estudiar: espero que el ataque no estuviera dirigido a la lúcida antología de Brooks y Warren, que va a ser una de mis lecturas retrospectivas de este verano.)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Su amigo evidencia haber superado la fase de bibliolatría, propia de la juventud. Porque los libros no nos acompañarán a la tumba. Gracias por dejarnos constancia de su generosidad.

RM dijo...

Hay una nueva versión de la peli:

http://www.imdb.com/title/tt0405676/