viernes, julio 06, 2007

9,99

Leo con una mezcla de simpatía y melancolía las noticias referentes al madrileño que ha sacado un 9,99 en la selectividad. Simpatía porque, aunque en las novelas y películas concedamos este sentimiento al chico guapo que escapa con impunidad del castigo merecido, al delincuente con buen fondo o al bandido que se redime por un gesto, en la realidad todavía somos muchos los que nos congratulamos cuando tenemos noticia de alguno de estos poco escandalosos, y hasta poco celebrados, triunfos del trabajo y la constancia. La ficción tolera mal los ejemplos edificantes; pero la realidad sería demasiado poco soportable si, de vez en cuando, no supiéramos que un valiente se ha arrojado al mar para salvar a alguien que se ahogaba, o si no celebrásemos los triunfos de un chico estudioso. Y melancolía, decía, porque, aunque la prensa ha concedido un hueco a este infrecuente logro académico, sabemos de sobra que no es precisamente el tipo de hazañas que esta sociedad estima y celebra; y, también que, más allá de esta efímera resonancia, pocas ventajas objetivas va a conseguir este chaval por haber demostrado su valía. Ya que antes hablábamos de películas, hubiera deseado uno que a este chico le hubiera sucedido lo que a los héroes de Frank Capra, pongo por caso: que en su barrio se hubiera convocado una suscripción popular para pagarle los estudios; o que el millonario de turno le hubiera brindado su patronazgo; o que el gobernador civil le hubiera comunicado la decisión del presidente del gobierno de velar por su carrera y ofrecerle un puesto relevante en la administración si se confirmaban tan buenas expectativas…

Pero ya sabe uno que la realidad discurre por otros derroteros. La propia inteligencia es un don contradictorio. Y así, este chico que ha decidido estudiar matemáticas, y seguramente obtendrá espléndidos resultados en ese campo, también ama la música y la poesía. En la Grecia de Pitágoras o en la Florencia renacentista, seguramente nadie hubiese visto contradicción en intereses tan dispares. La música, estaba entonces claro, era expresión de las recónditas armonías matemáticas del universo, y la poesía era la disposición de las palabras y el pensamiento cuando se adaptaban a esa armonía. Pero ahora son muchos los que pensarán que este chico pierde el tiempo cada vez que pasa una tarde en el conservatorio o se deleita con unos versos. Las matemáticas, le dirán, sólo sirven para calcular réditos y beneficios. Para deleite del espíritu ya están las discotecas y la televisión.

Pero esto son sólo proyecciones infundadas. De momento, el chico del 9,99 ha logrado reafirmar su valía sobre la inmensa caterva de los 4,25. A dónde llegará con esa nota es otro cantar. Con un poco de suerte, tal vez lleve la contabilidad en alguna inmobiliaria dirigida por algún compañero de clase que ni siquiera aprobó la selectividad.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La décima que le falta fue por culpa del Inglés!

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí. Pero es también la décima que concede un margen a la imperfección, sin la cual no seríamos humanos. Bien está esa décima que falta.