jueves, julio 05, 2007

AUTOBÚS

A última hora de la tarde el sol pega de lleno bajo la marquesina, por lo que quienes esperan el autobús han de situarse detrás de ésta, a unos pasos de distancia, para aprovechar el rectángulo de sombra que la estructura proyecta a su espalda. Coincido allí con un matrimonio mayor, que también espera. Al poco se les une una mujer joven. No es guapa: la excesiva delgadez la carga un poco de espaldas, y las pecas de los brazos y el escote la envejecen. No obstante, tiene una sonrisa amable y ojos alegres, que le dan vivacidad al rostro y, en medio del panorama desolado, lo convierten en la única referencia visual grata. El viejo le pregunta cómo va todo. Y la chica se embarca en una extraña historia que tiene que ver con un encierro, y con algo o alguien que se niega a abandonarlo. "No le des de comer", dice el viejo. "Ya verás cómo sale en cuanto tenga hambre". La chica se encoge de hombros y la bondad de su rostro se acentúa.

Yo todavía no tengo claro de qué se trata. Pienso en una abuela trastornada y recalcitrante, o en un adolescente abandonado a la desidia más extrema... "Lo peor es la suciedad", dice la chica. "Me paso el día limpiando". Y es la vieja la que termina de aclarar las cosas : "En cuarenta años que llevo viviendo aquí, es la primera vez que tenemos problemas con las palomas". El viejo insiste: "Eso es alguien que les echa de comer, por eso acuden". Llega el autobús y la chica se despide. En movimiento, su figura se vuelve más airosa, casi atractiva. De hecho, desde que empecé a prestar atención a la conversación la chica me ha ido pareciendo cada vez más bella: la única posibilidad de ternura y de amabilidad en este entorno desolado, bajo el sol de fuego que rodea el precario rectángulo de sombra en el que los cuatro hemos constituido una de estas sociedades pasajeras con las que el azar hace sus experimentos de ingeniería social, con un abuelete partidario de los métodos expeditivos, una vieja que atribuye todos los males al presente y una chica voluntariosa que aplica a los problemas una bondad instintiva y, seguramente, contraproducente... Seguirá dándole de comer a la paloma que se ha alojado en un respiradero de su cocina. Seguirá limpiando pacientemente la suciedad procedente del nido improvisado. Seguirá cultivando, no sé si conscientemente o no, los rasgos por los que su bondad, su precaria belleza, son los únicos detalles que redimen esta tarde inclemente.

***

Ya en el autobús: dos paradas más adelante, suben al mismo una veintena de adolescentes de diversas razas, eficazmente pastoreados por una joven de ademanes autoritarios y trazas de sargento. Aguzo el oído, a la espera de que el acento o los idiomas de los chicos me aclaren sus procedencias y, a ser posible, el motivo que los reúne; a los pocos minutos llego a la conclusión de que vienen de alguna localidad del cinturón de Madrid, y que están aquí en un campamento de verano. En general, tienen un comportamiento comedido: deben de estar recién llegados y todavía andan cohibidos, poco sueltos. Aunque ya han tenido tiempo de dar lugar a uno de esos dramas extremos e insignificantes que tan bien saben urdir los adolescentes: una de las chicas, la más crecida y guapa de todas, llora en un rincón, atendida y consolada por dos acólitas menos desarrolladas y vistosas, sobre las que es evidente que la otra proyecta una fascinación a la que no saben ni quieren resistirse. Poco a poco, van acudiendo al trío lloroso embajadores de los otros grupos, unos con gesto convenientemente compungido, otros en actitud desafiante, como si quisieran romper una lanza a favor del todavía no identificado causante del drama. La sargento no parece percatarse de lo que ocurre.

Cuando llegan a su destino, la patulea se derrama en la acera y los grupos se recomponen. Veo a la chica llorosa marchar del brazo de un chico alto y guapo, que hasta entonces se había mantenido discretamente al margen de lo que sucedía. Todo parece arreglado, o al menos convenientemente encauzado. El autobús, en el que ahora sólo quedamos los viejos de antes y yo, arranca de nuevo, rumbo a asuntos y lugares que, por comparación, se me presentan ahora súbitamente deslucidos, descoloridos, apagados. Y, sin embargo, me siento extrañamente feliz.

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