domingo, julio 01, 2007

BIBLIOPISCINA

Una mesa de plástico venida a menos, maltratada por el sol y la intemperie. Un par de carteles escritos con rotulador: un elogio algo tópico, pero sentido, de la lectura, firmado por un tal "Mateo", y una advertencia: los libros allí expuestos no pueden salir del recinto de la piscina y deben ser tratados con cuidado (aunque la mayoría de ellos están tan deteriorados como la propia mesa). Un eficaz resumen, en fin, de la normativa vigente en cualquier biblioteca pública. Porque de eso se trata: de una "biblioteca" mínima, formada por una treintena de libros, puestos a disposición de los veraneantes que acuden diariamente a la piscina en este pueblo de la sierra. Una idea digna de ser imitada.

Más curiosa aún es la selección de títulos (la mayoría, deduzco por alguna que otra inscripción a bolígrafo, propiedad del mismo "Mateo" que firmaba el elogio a la lectura antes mencionado): La conjura de los necios, alguno de Delibes, algún volumen de arqueología fantástica (del tipo La maldición de los faraones, o similar), un par de antologías de poesía, algunos libros turísticos sobre la sierra, unos cuentos de Jack London... La verdad es que, en caso de desesperación, siempre puede uno picar aquí y allá. O interrogar al hombre silencioso que, desde otra mesa de plástico apenas más presentable que la que hace de expositor, saborea una cerveza y lee un ejemplar del Diez minutos, atento a los movimientos de quienes entran y salen y, de cuando en cuando, dedican una mirada rápida a la "biblioteca-piscina". Tal vez se trate del propio "Mateo" en persona.

Pero no he querido abordarlo, no vaya yo también a tener que darle explicaciones por el libro que llevo en la mano: el Oratorio del Guadarrama, del hoy olvidado poeta José Luis Prado Nogueira. Estamos todos apañados. Y esos montes, que nos miran ceñudos, mientras un gélido viento sur sube por la Manga de Villaluenga y nos pone carne de gallina a los sufridos lectores..., quiero decir, bañistas.

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