sábado, julio 28, 2007

FESTIVALES DE VERANO

Naturalmente, no tiene uno nada contra el festival de Benicàssim. Pero, claro, es tanta la publicidad que se le ha hecho desde los medios de comunicación, públicos y privados, y es tanta la complacencia que algunos comentaristas han gastado en elogiar lo que consideran el acontecimiento cultural del verano, que uno empieza a sospechar. Para algunos, al parecer, la cultura se mide por su eco mundano, por las multitudes que mueve, por el grado de "novedad" que pueda atribuírsele. Y no es eso. O, mejor dicho, no es sólo eso.
Lo digo después de haber pasado unos días en el Festival de Teatro Clásico de Almagro, que ha cumplido este año su trigésima edición. La propia villa manchega parece haber vivido estas jornadas con característica placidez: a la espera de que abriesen los diversos locales en que se representaban las obras de teatro, uno podía ver a los asistentes a las mismas tranquilamente sentados en la Plaza Mayor, degustando las sabrosas especialidades de la gastronomía local y el bonancible clima. Nadie parecía tener prisa, nadie acusaba esa penosa ansiedad que uno a veces detecta en tantos consumidores de acontecimientos mundanos. Los propios cohetes que, noche tras noche, anunciaban la hora de apertura de los teatros parecían estallar con típica pereza. Entre espectadores y curiosos, podía uno calcular que habría en la calle un millar de personas, tal vez más. Pero ese millar de personas, más o menos renovado, no faltaba ninguna noche a su cita. A la mañana siguiente ponía uno la radio, a ver si decía algo del Hamlet que había estrenado la Ópera de Pekín, o de la última producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico... Nada: volvían a hablar de los miles de personas que se habían dado cita en Benicàssim, y el propio locutor parecía contagiarse de los bríos de todos aquellos animosos veinteañeros, congregados bajo los ensordecedores decibelios del rock-and-roll...

Pensaba uno entonces: "Una de dos: o me estoy haciendo viejo, o el verdadero pulso de la cultura del país no es el que detectan los medios de comunicación, ni el que se mide en cifras millonarias, sino el que se vive en noches como éstas...". Y miraba a mi hija adolescente, que también se había entusiasmado con los momentos únicos que depara el buen teatro y hecho acopio de ciertos recuerdos seguramente imborrables. Y sentía también un poco de pena por ella: qué poco podrá presumir, entre sus amigos, de haber estado aquí, de haber presenciado espectáculos cuyos nombres y artífices seguramente no dirán nada a otras chicas de su edad... Qué distinto sería todo para ella, en fin, y qué bien quedaría con sus amigos, de haber estado en... ¿no adivinan dónde? En Benicàssim, claro.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

VACACIONES. Volvemos en septiembre. Feliz verano a todos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Hombre!, pues claro. Donde se ponga Elvis, que se quite Shakespeare.

otro anónimo dijo...

Ese profesionalismo de reescribir en una hora... Bien.

José Manuel Benítez dijo...

Hombre, hay sitio para los dos, y para más, cada cual en su momento. Elvis y Shakespeare, Esquilo y los Doors, los sainetes de don Ramón de la Cruz y el "Honky Tonk Woman" de los Stones... Lo que hay que evitar es la novelería, o la pretensión de que, según la moda, el gobierno o la coyuntura económica, se considere que espectáculos de uno u otro tipo son los que definen el estado de ánimo del país, en detrimento de otras cosas. Y algo así es lo que he notado este año en el tratamiento informativo del festival de Benicàssim.

Aparte de eso, profesionalismo o no, era lo único que tenía en mente cuando me pidieron que rehiciera a última hora mi artículo semanal: estaba recién venido de Almagro, y venía comentando en el coche las noticias sobre Benicàssim, así que el artículo puede decirse que se escribió solo.