martes, julio 10, 2007

MAREA BAJA

Cuando Cheever dice que la casa de un enfermo huele a camas sin ventilar y a medicinas, estamos dentro de lo previsible; pero cuando añade el olor "a corazones de fruta" aporta un detalle que, sin resultar del todo inesperado, certifica la autenticidad de la descripción; o, mejor dicho, le da la vuelta: lo que era un proceso de naturaleza deductiva (del conocimiento general de las circunstancias de una enfermedad se deduce que hay poca ocasión de ventilar las camas y que se consumen medicinas) se transforma en un proceso inductivo: el observador constata que esos enfermos, además de todo lo que se espera de ellos, consumen fruta fresca, quizá porque no pueden comer otra cosa; y que quien los cuida no tiene tiempo, o la diligencia necesaria, para eliminar los restos de esa fruta. El proceso inductivo tiene, a efectos literarios, una clara ventaja sobre la deducción: sitúa al observador ante los hechos, le permite redescrubrirlos en toda su gama de circunstancias y detalles.

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Lo que me lleva a otro problema narrativo de índole ligeramente distinta: la cansina propensión de muchos narradores españoles contemporáneos a concebir sus relatos como si fueran chistes. El chiste es de naturaleza deductiva: se construye desde conclusiones previas, y no al revés. Una vez establecida la broma final, los detalles se ordenan para conducir al lector a ese desenlace; que el lector, si no desconfía previamente de los preparativos, percibirá como un brillante "golpe" de ingenio. Cheever adopta, en la mayoría de los casos, la estrategia contraria: una vez planteada la situación, deja que el relato avance por sí solo; y, cuando este avance agota sus posibilidades, el relato llega a su fin sin que, propiamente hablando, la historia haya terminado. Otros llamarían a eso brusquedad, o falta de elaboración. Pero qué efectivas son estas historias inconclusas, qué desazón causan, cómo dejan nuestras propias reacciones en suspensión, cómo bloquean la posibilidad de un juicio moral precipitado y tranquilizador. Es decir: cómo atacan directamente, sin ambages, las expectativas del lector común. Que éste se vengue luego negándole al relatista el pan y la sal no deja de ser, después de todo, un buen síntoma de que el relato, al fin y al cabo, no le ha resultado indiferente.

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Estas mañanas de marea baja son tan hermosas, tan nítidas, tan bien dibujadas, que no es de extrañar que, al rato, venga un poco de viento a despeinarlas.

3 comentarios:

Rubén Berrozpe dijo...

Hola José Manuel,

Me gustó la entrada, como prácticamente todas. Me recordó a esta frase que leí hace poco en una antología de relatos de Chéjov: «Los amigos de las vacaciones sólo nos seducen en el campo y en verano, mientras en la ciudad y en invierno pierden buena parte de su encanto. Cuando se les sirve el té en la ciudad, se tiene la impresión de que llevan levitas prestadas y de que pasan demasiado tiempo removiendo la cucharilla en la taza.» Aquí Chéjov empieza por lo evidente, una reflexión fácilmente identificable con el imaginario popular sobre los amores estivales, y termina con un espléndido detalle de observación, que es el que eleva la calidad de la prosa por encima de lo previsible. Algo parecido al detalle de los corazones de fruta.

Un saludo,

Rb

Enrique Baltanás dijo...

Esta entrada confirma que no sólo eres un buen narrador, sino que sabes muy bien qué y cómo hacerlo. Nada de inconsciencia del escritor. Muy bien.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bueno, se agradecen estos comentarios. Hay épocas (quizá sea el calor) en las que uno es algo propenso al desánimo, no ya respecto a las propias capacidades, sino repecto incluso al modo de plantearse las cosas que hace. Que una entrada como ésta suscite alguna adhesión no deja de ser estimulante. Sobre todo porque, insisto, creo que la mayor parte de quienes leen y hacen narrativa en España (especialmente, narrativa breve) piensan y actúan del modo contrario.