viernes, julio 27, 2007

MURCIA

La imagen y la voz de Ramón Gaya en el documental de la Universidad de Murcia que exhiben en el museo que lleva el nombre del pintor, en su ciudad natal. Desgrana monótonamente, como una letanía, el rosario de experiencias y principios que repite constantemente en sus escritos y entrevistas: el nulo crédito que concede a la "modernidad" ("estaba más vivo un cuadro de Tiziano que el que pintó Paul Klee la tarde anterior", cuenta de su estancia parisina, en los años veinte), su idea de que pintar es más bien quitar que añadir, desvelar que crear una ilusión óptica, su fidelidad a amigos y maestros... La empleada que atiende el museo ha tardado varios minutos en encontrar el disco que contiene el documental, tal vez porque hace días, o semanas, que nadie solicita verlo. Tampoco yo sé muy bien por qué la he molestado: tal vez porque fuera cae un calor aplastante, y este remanso de serenidad y lucidez intelectual es también, ay, un sitio fresco.

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Fuera, ya digo, el calor es insoportable: la vega sobre la que se asienta Murcia es hoy, más que nunca, el cráter de un volcán en calma, pero que todavía exhala vapores de azufre. La gente, sin embargo, hace como si no lo notara. Incluso vemos a algunas madres pasear a sus bebés.

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Pienso en lo extraño de nuestra llegada: el hotel donde habíamos reservado habitación no tenía corriente eléctrica. "¿Quiere eso decir que no podremos ducharnos?", pregunto, ante la preocupante posibilidad de no poder refrescarme antes de bajar a almorzar, después de haber estado toda la mañana al volante. "No, hasta que esté reparada la avería, a eso de las tres". El conserje lo dice sin inmutarse, e incluso con un cierto amago de encogerse de hombros, como diciendo: "¿Qué querrán éstos?". Tampoco hay aire acondicionado. Me quedo al cuidado de las maletas mientras M. sale a buscar otro hotel. Lo encuentra en pocos minutos, y mucho mejor, más limpio y acogedor que el que teníamos apalabrado. Nos despedimos sumariamente; y, al cabo de unos minutos, estoy de nuevo en el vestíbulo de ese hotel hostil, pidiéndole al mismo conserje de antes que haga el favor de facilitarnos la salida del aparcamiento, cuyas puertas tampoco funcionan como es debido.

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El Rincón de Pepe, en fin, ya no es lo que era. Literalmente. La entrañable casa de comidas, que pasaba por ser, merecidamente, uno de los mejores restaurantes de España, ha cedido su nombre a una sucursal de una cadena de hoteles. No es que se coma mal allí, pero, comparada con la calidez del viejo restaurante, su familiaridad, su atmósfera pulcra y honrada, la frialdad de diseño de este comedor de hotel me resulta francamente decepcionante. Recuerdo mi anterior viaje a Murcia, hace cinco años. Lo hice en circunstancias personales no demasiado buenas. Llegué agotado, con el estómago encogido y el ánimo por los suelos. Cumplí mi cometido (una lectura poética) mejor de lo que esperaba, supongo que por contar con un público atento y amable, como lo eran también los organizadores del acto. Con ellos fui a cenar, convencido de que no iba a ser capaz de tragar bocado. El menú estaba apalabrado y, como suele pasar en estos casos, parecía no tener más orden ni concierto que el capricho del cocinero. Sin embargo, qué bien armonizaban aquellos solomillos tiernísimos con las porciones doradas de pescado frito y la noble consistencia de las verduras salteadas. Comí maravillosamente, me relajé, me sentí bien. Y prometí volver a la primera ocasión. Como si no supiera que ciertas ocasiones no pueden repetirse.

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Pero todavía queda una última sorpresa. Me llaman del Diario. El artículo que dejé entregado antes de emprender este corto viaje se ha perdido. Me preguntan si puedo reenviarlo. Imposible. Pero recuerdo haber visto, en el vestíbulo del hotel, uno de esos ordenadores que funcionan con monedas. Digo que me esperen una hora y tendrán su artículo. Es la primera vez que me veo en un caso así, lo que no deja de resultarme estimulante. Incluso me pavoneo un poco ante el conserje, mientras le explico el caso y le pido cambio para poner en marcha el artefacto. Como no tiene procesador de textos, escribo directamente en la plantilla de "mensaje" de mi cuenta de correo. Hago una breve crónica de mi estancia en Almagro, e ironizo un poco sobre otros festivales de verano que parecen gozar de mayor predicamento. "Catorce versos dicen...". En mi caso, se trata de escribir dos mil ochocientos sesenta caracteres, contados en esta ocasión a ojo de buen cubero. Bueno, ahí van. Y me levanto del ordenador con la misma ufanía, supongo, con que Hemingway remataba sus crónicas de guerra.

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Por la noche, concilio el sueño pensando en el remunerador trayecto de carretera recorrido por la mañana: de Almagro a Murcia, por la CM-412, una carretera regional que cruza en línea recta todo el sur de la Mancha y luego se enreda en los puertos de la muy resultona sierra de Alcaraz. Bellos sueños.

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Y una historia de amor: la de ese ventero de la sierra de Alcaraz con una nepalí. De resultas, el bar de carretera que regentan ambos está lleno de abalorios tibetanos y circulares que anuncian inminentes excursiones al país asiático. El amor casa bien con la hostelería. Y el turismo.

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