miércoles, julio 11, 2007

RIGMAROLE

Algún meteorólogo, o geógrafo, o físico (no sé a qué rama de la ciencia compete este fenómeno) sabrá explicar por qué la coincidencia de marea baja y amanecer produce este momento de aire limpio y calma, que se termina en cuanto el sol está lo bastante alto para hacernos sentir su calor. Uno no necesita de estas exhibiciones para ser partidario de los amaneceres: lo he sido siempre, a despecho de mi proclamado (y no del todo convincente) noctambulismo juvenil. Pero sí agradece uno que la naturaleza muestre su lado mejor justo en el momento del día en el que se necesitan buenas razones para levantarse. Y no por pereza.

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Ayer unos parientes y yo quedamos para hacer unos ripios para celebrar cierta efeméride familiar. Siempre me cuesta mucho ejercer en público las habilidades que se le suponen a quien escribe regularmente poesía. Pero estos ejercicios no dejan de tener su utilidad: revelan que la mera manipulación rítmica del lenguaje resulta tanto más placentera cuanto más insignificantes son las pretensiones que se abrigan respecto al resultado, y que el don del acierto verbal flota en el aire y recae, a veces, en quien menos se esperaba. Todo el mundo termina aportando algo a nuestra rigmarole. Y el resultado, sin ser de nadie en particular, es claramente de todos.

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Cuánto está uno dispuesto a trabajar en nombre de todo aquello que signifique otium, cultivo de uno mismo, ejercicio de cosas gratas. Qué poco, en cambio, en lo que implique rutina, servidumbre burocrática, formulismo necio. Si hubiera un jefe que me convenciera de que mi trabajo pertenece a la primera categoría, y no a la segunda, cuánto partido sacaría de mí. Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen...

1 comentario:

E. G-Máiquez dijo...

Y ahora con cuál me quedo... Tres espléndidas hojas de trébol.