jueves, julio 19, 2007

RUGIDOS

Una de las sensaciones más gratas que nos depara la prensa veraniega es la constatación de que, cuando callan los políticos, habla el resto de la sociedad. O, mejor dicho, que sólo cuando amaina la cháchara política, tan áspera e infructuosa casi siempre, puede uno oír lo que hacen, dicen y piensan otros actores sociales. Unos científicos, por ejemplo, han encontrado una cría de mamut perfectamente conservada en los hielos de Siberia; otros han descubierto las zonas del cerebro relacionadas con el olvido de las malas experiencias; de China nos llegan imágenes de plagas bíblicas de ratas; y en Málaga han encontrado a un león encerrado en una furgoneta… Si uno atribuyera cuanto aparece en los periódicos a las divagaciones de una mente observadora, tendría uno la impresión de que, en verano, libre de responsabilidades, esa mente campa por donde verdaderamente le apetece, y es más receptiva a la enorme variedad de fenómenos interesantes, divertidos o, simplemente, curiosos que produce la realidad.

No es raro que nos sintamos identificados con esa mente: también nosotros, cuando somos dueños de nuestro tiempo, somos capaces de ver más allá de lo que suelen ser nuestros intereses y ocupaciones habituales. Basta tener abiertos los ojos. Salgo a la calle, por ejemplo, una tarde tórrida de julio y veo a una anciana que se protege del sol con un paraguas. Me siento en un banco a la sombra y se posa en mi brazo un cómico insecto que, después de tantear la extraña superficie más o menos elástica en la que ha aterrizado, parece hacerse un lío con las patas, o enredarse en uno de mis vellos, y queda tendido boca arriba. Patalea infructuosamente unos segundos, luego logra enderezarse de un salto y, en un último gesto de dignidad ofendida, abre inopinadamente sus élitros y agita dos alas pequeñas y membranosas, con las que logra remontar el vuelo… Me pregunto si, en cualquier otra circunstancia, yo hubiera estado de humor para asistir pacientemente a todo este despliegue. Seguramente no.

Y es una pena. Somos animales de costumbres. Y estas costumbres, a poco que nos descuidemos, se convierten en onerosas rutinas. Con frecuencia además, perdemos la perspectiva: el trabajo, que no es más que un modo civilizado de financiar nuestra libertad y nuestro ocio, se convierte en una preocupación obsesiva; la política, que no es más que una proyección, a gran escala, de esa clase de responsabilidades administrativas que, en una simple comunidad de vecinos, todo el mundo asume a regañadientes, se convierte en un desmesurado teatro de ambiciones que ocupa más lugar en la vida pública del que realmente merece. La vida se nos escapa porque no tenemos tiempo ni cabeza para constatarla. Y no sospechamos que bajo nuestros pies puede haber un mamut enterrado, o que la furgoneta aparcada frente a nuestra casa puede ocultar un león. Aunque ruja.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz


1 comentario:

Pericoteo dijo...

Si al tiempo le pides tiempo,
el tiempo te lo dará. (Sobre todo en vacaciones)