domingo, julio 08, 2007

THE STUFF OF POETRY

Por dos veces, al volver de la piscina municipal al mediodía (por este insólito camino que implica recorrer la larga calzada empedrada que vertebra las ruinas del "barrio nazarí"), la misma sensación de reconocimiento, de dejà vu: el olor a hierba quemada por el sol, el recóndito perfume de la higuera silvestre brotando de un cauce seco, una nota acre de frutos podridos. Una pared blanca, un cielo de un inmaculado azul intenso, un silencio absoluto, en el que apenas inciden pequeños rumores de rutina doméstica que surgen de lo hondo de las casas cerradas a cal y canto. Y la sensación, ya digo, de haber estado allí antes y haber experimentado esta misma sensación de intensa felicidad en la que, por su misma intensidad, apuntan ya las raíces mismas de su necesaria fugacidad. Días en los que el calor y el cansancio son síntomas de vitalidad apurada al máximo, de feliz consumación de todas las posibilidades de una mañana de verano. Felicidad que es mayor, precisamente, por conllevar esta sospecha de que no es la primera vez que se experimenta, y de que su recuerdo está ahí, en lo más hondo de la memoria, posibilitando este reconocimiento.

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"The stuff of poetry", según expresión repetida en el primer capítulo de la antología didáctica de Brooks y Warren: "la materia de la poesía", por así decirlo (aunque en la traducción se pierde el tono confianzudo y coloquial de la palabra stuff)... De qué está hecha la poesía. De todo lo que concierne la experiencia humana, dicen los antólogos, sin sospechar siquiera que la palabra experiencia sería motivo de debate y polémica (y, en último término, de interesadas descalificaciones) en la muy provinciana poesía española de finales del siglo veinte y comienzos del veintiuno. "The stuff of poetry": días como hoy, por ejemplo; pero, también, los días de muy distinto color y resonancia que precedieron al de hoy... Y el caso es que la lectura de esta antología escolar, este repaso de lo mejor y más representativo de la poesía en lengua inglesa de todos los tiempos, me produce una cierta melancolía. Leer es también constatar. Y, para un escritor, ciertas constataciones (especialmente, cuando afectan a cosas que deberían estar fuera de toda discusión y, sin embargo, se siguen discutiendo) son siempre dolorosas.

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Un accidente que mis libros suelen sufrir con cierta frecuencia: resbalar del filo del lavabo al suelo, donde se estrellan como un pajarraco malherido. Y no me pregunten qué hacían esos libros en un cuarto de baño.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Igual que hay una philosphie dans le boudoir, también debe haber una poesía de retrete.