jueves, julio 26, 2007

TEATRO

Mientras nos tomábamos una copa en el porche de nuestro bungalow, ya de madrugada, vemos pasar la poca airosa desbandada de una familia que ha terminado de cenar en el cercano restaurante. Los hombres van borrachos, alguno haciendo eses; los niños parecen desconcertados y temerosos; las mujeres van cabizbajas. Oímos portazos de coche y la puesta en marcha de varios motores. Menos mal que el pueblo está a menos de un kilómetro, por lo que las posibilidades de accidente en el trayecto de vuelta, suponemos, no son muy altas. Y ya nos creemos otra vez a solas, cuando percibimos una voz de mujer, bisbiseante y machachona, que parece recitar una larga lista de agravios. Acertamos a oír alguna que otra frase entrecortada: "Y es que luego quedo yo como la mala de la película...", "No, no, déjame terminar", "¿Y quién fue la que le puso las cortinas a mi madre?"... Al poco, asoma por la vereda una mujer madura, de mediana estatura, bien vestida, y un hombre bajito y jorobado, ataviado de ese modo convencional en que lo hacen quienes no tienen ninguna intención de presumir: una camisa blanca, remangada, y un pantalón gris. El hombre aguanta estoicamente el chaparrón. De vez en cuando, intenta meter baza: "Déjame terminar", dice la otra. Y la escena se alarga varios minutos, hasta que un último coche derrapa junto a la pareja y una puerta se abre para llevarlos, a ellos y al bisbiseante monólogo, que parece no tener fin. El efecto es cómico y dramático a la vez. Qué mal les ha salido la comida, deducimos. Qué reseca les espera. Qué agravios irresolubles no habrán añadido a la ya probablemente larga lista de agravios previos con la que acudieron a la cena.

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Y es curioso, en fin, que una escena como la precedente, tan teatral, ocurra al final de una de las veladas que hemos pasado en el Festival de Teatro Clásico de Almagro. En concreto, en la noche en que vimos La tragedia del príncipe Zi Dan, una versión china de Hamlet. También lo que allí se ventilaba era una confusa amalgama de resentimientos familiares. Y ahora pienso que la rápida sucesión de muertes con que termina esta tragedia (el día antes, por cierto, habíamos visto una certera parodia del género: La tragedia de Manolo, de don Ramón de la Cruz) viene a ser como esas improvisadas componendas que la imaginación hace con los retazos de un sueño en el momento de despertar. Un mal despertar, claro, como el que les pronosticamos a los comensales de la malhadada cena.

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Al paisaje manchego lo absuelven los amaneceres. Aunque también son de agradecer los toques de campana que pretenden disolver, a última hora de la tarde, las calimas del día.

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