domingo, julio 15, 2007

TURISTAS

Todos somos turistas: basta con poner el pie fuera de nuestro barrio, de nuestro pueblo, de nuestros “paraderos habituales” —por decirlo en lenguaje policial—, para que sintamos la tentación de mirar a las alturas, predispuestos a admirar la monumentalidad de los edificios, de vestir pantalón corto y camisas floreadas, de sentir que la primera necesidad del día es localizar un restaurante acogedor y no demasiado caro donde almorzar… Eso es un turista: alguien que pasea su curiosidad y su apetencia de novedades por un entorno extraño, y hace votos para que esa extrañeza no se le ponga en contra. Porque un turista es básicamente un ser vulnerable: si le roban la cartera, si extravía el pasaporte, si se le avería el coche en un lugar extraño, se sentirá desprotegido y abrumado, por muchos esfuerzos que hagan (si los hacen) los empleados del hotel o de la agencia de viajes por animarlo y solucionar sus problemas.

Pero esa desprotección del turista tiene, además, una dimensión simbólica: expresa bien nuestro desamparo esencial ante la realidad, nuestra condición de visitantes en un mundo que nunca conocemos bien del todo, que siempre guarda sorpresas. Y tal vez el turismo sea un modo lúdico y controlado de ponernos a prueba y demostrarnos a nosotros mismos que podemos enfrentarnos con éxito a ese desamparo esencial, igual que acertaremos, aunque sea por señas, a pedir una comida en Beijing o a desentrañar el laberinto de un aeropuerto. Haber salido con bien de un viaje es siempre un pequeño logro personal: si supimos vencer la hostilidad de un jefe de aduanas en Bangkok, pongo por caso, cómo no vamos a saber torear la inquina del jefe de personal de nuestra empresa; si hemos sabido regatear por una alfombra en Islamabad, cómo va a poder con nosotros el tendero de la esquina...

Asumo esta dimensión simbólica de los viajes; y, pese a los muchos inconvenientes aparejados al turismo de masas, me congratulo de que una buena parte de la humanidad (la que puede permitírselo) practique este singular juego en el que tantas convicciones y capacidades propias son puestas a prueba. Y, por lo mismo, siento rabia e indignación cuando algún fanático de las muchas causas irredentas que hay en el mundo elige como víctimas propiciatorias de su furor asesino a un puñado de turistas.

Los españoles recientemente asesinados en Yemen, por ejemplo, no murieron por ser españoles, ni por representar sistemas políticos e intereses contrarios a los defendidos por el terrorista de turno. Murieron, simplemente, por ser turistas, es decir, gente que practicaba el noble vértigo de sentirse en un entorno desconocido y esperaba salir airosa de la prueba. No lo lograron. Pero el impulso elemental que los movía es de los pocos que nos hacen pensar que el mundo, alguna vez, será un lugar mejor. Esto es, si no acaban antes con todos los turistas.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha gustado el artículo