viernes, agosto 31, 2007

MULTITUDES

¿De dónde sale toda esta gente?, se pregunta uno por estas fechas ante las muchedumbres que llenan las playas y los paseos marítimos. Hace años, los castizos tenían preparada la respuesta: esas multitudes estaban compuestas mayoritariamente, decían, de madrileños o sevillanos, a los que se les atribuía una inextinguible sed de mar y de horizontes abiertos. Había también un reproche velado en esa atribución: que los turistas fuesen madrileños o sevillanos significaba, ay, que no eran alemanes ni suecos, y que posiblemente (eso decían taxistas y camareros) viviesen amontonados en una pensión barata y se alimentasen exclusivamente de bocadillos; mientras que a los foráneos se les atribuía un natural dispendioso, del que se beneficiaban otras zonas turísticas más afortunadas.

Hoy sigue habiendo castizos que, en cuanto oyen hablar a alguien sin comerse las eses, le atribuyen un origen capitalino (dejemos a un lado lo de los sevillanos, que sin duda responde a mecanismos más sutiles de rivalidad local). Pero el caso es que se va uno a Madrid por estas fechas y también lo encuentra lleno de gente; y que, vaya uno a donde vaya, se topa con las mismas multitudes ansiosas en chanclas y pantalón corto, la misma imposibilidad de encontrar mesa libre, la misma sensación de que el silencio nocturno, del que uno esperaba disfrutar al abrir la ventana al aterciplelado cielo de agosto, se ha trocado por una especie de rumor ronco y continuo, el de las muchedumbres insomnes que copan las calles a la espera de un combinado alcohólico o un cucurucho de helado.

Para esto los castizos no tienen explicación. ¿De dónde sale esta gente?, se preguntan en vano. Ni siquiera los tópicos displicentes conservan su validez. Hoy el que no gasta es el mochilero sueco o alemán, que hace su vida en una caravana de feriante o duerme al raso en las estaciones; y quienes dan vida a las terrazas de verano, y se dejan en ellas los cuartos, son los madrileños o sevillanos.

Se sumerge uno en estas masas veraniegas con una mezcla de felicidad y aprensión. Felicidad porque en la que ellos manifiestan no se advierten lo sacrificios que les ha costado, la ansiedad, las tensiones familiares que, dicen los expertos, se exteriorizan siempre en vacaciones. Y aprensión porque, en el mundo masificado en el que vivimos, una multitud supone siempre una amenaza y una víctima propiciatoria. Las multitudes, como los rebaños de ñus del Serengeti, parecen siempre a punto de desbocarse, y basta que un gamberro rompa una botella o una papelera salga ardiendo para que se desboquen efectivamente. Y, como los rebaños de ñus, ofrecen un blanco compacto al loco que quiera vengar en ellas su resentimiento contra el mundo.

Pero también ofrecen calor las multitudes. Y eso, en definitiva, es lo que nos lleva a ellas en estas noches en las que, de todos modos, quién piensa en dormir.

Publicado el martes 21 de agosto en Diario de Cádiz (y no reproducido aquí en el momento oportuno por eso de las vacaciones)

1 comentario:

Roberto Zucco dijo...

Las masas son siempre indescriptibles, inclasificables, sorprendentes, molestas, impredecibles, etc. Pero son, y se manifiestan con esa rotundidad que a los que intentamos vivir una vida lo menos teledirigida posible nos coge como al galgo de Juan: cagando.
Magnífico lo que has escrito sobre Umbral. Yo escribiré la semana que viene. Roberto.