jueves, agosto 02, 2007

FELIZ

La verdadera obra maestra de un pintor es la paleta en la que mezcla sus colores.

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La gata trepa al sofá y empuja con el hocico la novelilla adolescente que lee mi hija. Luego se acerca al tomo, mucho más grueso, que leo yo: Understanding Poetry. Lo olisquea, lo empuja con una garra, finalmente muerde un pico de la portada. Yo creo que le ha gustado.


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También nuestra percepción del tiempo libre está viciada. Si pudiéramos establecer, y sentir, una continuidad esencial entre todos nuestros fines de semana, "puentes" y periodos vacacionales, percibiríamos las obligaciones laborales como lo que son: una molesta, aunque necesaria, interrupción del ocio. Pero ocurre justo lo contrario: percibimos las vacaciones como una mera interrupción del trabajo, y las vivimos con esa sensación de precariedad que da saber que lo verdaderamente importante es lo que hemos interrumpido, lo que, indefectiblemente, habremos de reanudar al cabo de unas pocas semanas. Por eso, basta un primer día de trabajo para atar cabos y dejar sin efecto el estado de ánimo vacacional.

Todos los años me propongo invertir el proceso, pero la verdad es que aún no lo he conseguido (no del todo).

(De ahí estas breves, momentáneas crisis de ansiedad en medio de la tarde más esplendorosa de verano; de ahí esta sensación de que las vacaciones, más que establecer el tono medio que quisieras dar a tu vida -que no es, en absoluto, el de la inactividad-, queden reducidas, a veces, a una especie de periodo de libertad bajo fianza.)


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En la pajarería. Esa mujer de cuarenta y tantos años, muy apretada, con esa expresión característica de quien percibe un olor muy desagradable en alguna parte y no se explica cómo nadie más lo nota. Lleva un perrillo peludo en los brazos; más crecido, según ella, de lo que corresponde al prototipo de la raza. Al mirarlo se le acentúa el gesto de asco y declara en voz alta. "Me ha decepcionado; estos perros no crecen tanto, ni tienen las orejas así. Me ha decepcionado."

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He dormido hasta las diez y cuarto de la mañana. Luego he dormido una siesta frailuna antes de almorzar. Luego, la siesta propiamente dicha. A continuación, he leído un poco y he dejado el libro a un lado para echar una cabezadita. Y sigo teniendo sueño. Y soy feliz.


(Como se ve, y pese a mis propósitos vacacionales, al encontrar abierto el locutorio público de internet de este pueblo no he podido evitar entrar y reanudar este cuaderno, que ya empieza a parecerse demasiado a un mal hábito.)

3 comentarios:

un anonimo dijo...

La felicidad, sin duda, es una conquista. La felicidazzzzzzzz...

conde-duque dijo...

Malos hábitos contagiosos...
Al final acaba uno entrando en el cibercafé inmundo, pese a la resaca y al calor asfixiante y al cuentagotas que se traga los euros como un taxímetro del tiempo libre, para leer a los amigos lejanos que saben escribir muy muy muy bien...
Felicidazzzzzzz... Me gusta.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bueno, este locutorio de la Junta es gratuito, lo que es como poner casinos públicos para los ludópatas de vacaciones.