sábado, agosto 18, 2007

FERIA

El vocalista de esta orquestina de feria da atinadas instrucciones sobre cómo bailar su música, así que se han congregado ante el escenario una docena de señoras de diversas edades dispuestas a seguir sus instrucciones. Al principio llama la atención el contraste entre las más viejas y estropeadas y las jóvenes y rozagantes. Pero es sólo un espejismo. Al cabo de un minuto, las similitudes cobran más fuerza que las diferencias. Para empezar, el hecho incontestable de que todas lucen trajes vistosos y alegres, con faldas de mucho vuelo que se ciñen con elegancia a la caderas y piernas en movimiento; y, luego, esa sensación de armonía que produce ver varios cuerpos moviéndose al unísono. Naturalmente, los movimientos son sencillos: uno, dos pasos a un lado, luego al contrario, adelante, atrás, vuelta, y todo sin dejar de menear las caderas... El milagro es casi instantáneo: las viejas han rejuvenecido, las jóvenes han adquirido esa contundencia y esa especie de discreto abandono propios de las mujeres maduras. El cimbreo presta a todas una silueta sinuosa, incluso a las más secas y esmirriadas. Y yo, desde mi silla plegable, mientras apuro mi bebida de feria en vaso de plástico, las miro con una mezcla de melancolía y exultación. Lo primero, porque hay algo poderosamente excluyente en ese despliegue de sensualidad sin segundas intenciones; lo segundo, porque la mera contemplación de este espectáculo confirma la pertinencia de una de mis más acendradas fantasías: la existencia de un paraíso sensual maduro, habitado por mujeres limpias y alegres, en el que los hombres nos limitamos a... mirar.

4 comentarios:

Roberto Zucco dijo...

Puestos a ver bailar prefiero ver bailar a jóvenes y guapas. Qué le vamos a hacer, cada uno es como es!

Anónimo dijo...

pues no sabes lo que te pierdes, majo.

Portorosa dijo...

hay algo poderosamente excluyente en ese despliegue de sensualidad sin segundas intenciones

Me parece una frase (o una idea) muy triste. Aunque la comparto... o, mejor dicho, porque la comparto. Es en esos momentos (también) cuando pienso que estamos en sus manos.

Un saludo.

P.S.: muy hipócrita sería, en cualquier caso, si no dijera que, por preferir, también prefiero lo que prefiere Roberto.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No me malinterpreten: a mí también me gustan guapas, aunque no necesariamente jóvenes (¿no han oído hablar de los encantos de la madurez?). Lo que quiero decir en mi entrada es que, a veces, la belleza aflora donde uno menos se lo espera. Y que esa manifestación siempre conlleva, por nuestra parte, una cierta melancolía... no del todo desagradable.