miércoles, agosto 01, 2007

IBÉRICOS

Lee uno, en medio del sopor veraniego, unas declaraciones del escritor portugués José Saramago en las que afirma que su país está destinado a convertirse en una provincia o comunidad autónoma de un futuro estado ibérico. Naturalmente, estas declaraciones han despertado la consiguiente polémica en Portugal, cuyos sentimientos nacionales siempre han tenido un cierto matiz defensivo antiespañolista. Si el objetivo del premio Nobel era que se hablase de él, lo ha conseguido.

En nuestras sociedades, faltas de verdaderos liderazgos y de referentes intelectuales fiables, las declaraciones caprichosas de un escritor pueden ser lo más parecido que encontremos a una incitación al debate. Un debate, en todo caso, innecesario a otros niveles: cualquier consumidor peninsular sabe que, desde hace años, muchos de los productos que compra vienen etiquetados en español y portugués, lo que pregona bien a las claras que, al menos desde el punto de vista económico y logístico, España y Portugal constituyen un solo mercado. Tampoco parece que los ciudadanos tengan que hacerse mayores consideraciones para cruzar alegremente la frontera en uno u otro sentido. Claro que, a veces, esa misma proximidad produce inevitables malentendidos e incomprensiones: las similitudes idiomáticas, por ejemplo, entre el portugués y el español casi animan más a confiar en la buena voluntad mutua a la hora de entendernos, que a aprender seriamente el idioma del otro; de lo que se deriva el penoso espectáculo que solemos ofrecer los españoles en Portugal cuando damos por sentado que basta hablar como un indio y levantar la voz para que se nos entienda. De ahí, quizá, nuestra merecida fama de desconsiderados y maleducados. A lo que contribuye no poco el contraste entre la cortesía portuguesa (que, naturalmente, tendrá sus excepciones) y ciertas idiosincrasias nuestras poco gratas.

Quiero decir con todo esto que la realidad de una sociedad moderna y dinámica siempre va por delante de los viejos tópicos nacionalistas y las fórmulas políticas asociadas a ellos. Ni tiene sentido hablar ya de la “República Ibérica” con la que soñaban las izquierdas españolas en los años treinta, ni del rancio “Pacto Ibérico” con el que los ya extinguidos regímenes fascistas de España y Portugal se aseguraron de no tener nada que temer del vecino. Saramago no ha hecho más que meter la cuchara en esa olla podrida que periódicamente remueven los distintos nacionalismos peninsulares, tanto estatales como regionales. Aunque quizá éstos últimos pudieran aprender algo de esta tonta polémica. Que la corriente centrífuga puede ser reversible. Que la política-ficción da para mucho. Y que, ya que la denominación de “español” parece gozar de poco aprecio en ciertas latitudes, a lo mejor acabamos todos llamándonos “ibéricos”, como los embutidos. Lo que no es mala denominación de origen.

Publicado ayer en Diario de Cádiz

2 comentarios:

conde-duque dijo...

Pues sí. Suena bien: "Yo soy ibérico, ¿y tú?"
Feliz Verano.
Cambiamos de paisaje pero seguimos leyendo sus artículos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Estupendo encontrarle también en agosto, amigo conde-duque. Disfrute de ese paisaje.