sábado, agosto 18, 2007

LECTORES

No es cierto eso de que la gente no lee. Es más: hay quien hace esfuerzos inauditos por leer en circunstancias poco propicias. Basta con darse un paseo por la playa. Lo que ese señor de ahí sostiene en las manos, luchando para que el viento no se lo desencuaderne, es un libro: no sabemos si lo está leyendo o, simplemente, lo usa como escudo contra la lluvia de arena que la brisa proyecta contra su cara. Tampoco está claro si esa señorita de más allá, que luce un delicado topless de diosa marina, usa la última aventura del capitán Alatriste para evadirse a los reinos de la ficción o para ocultar sus bellezas a las miradas de ese otro tipo que se hace el despistado unos metros más acá… También él lleva un libro en la mano, para disimular. Peor es el caso de esa señora entrada en carnes, repantigada en su butaca: su revista ilustrada hace el efecto de una vela henchida por la galerna. Si la lectura no basta para llevarla a los reinos de la imaginación, será el viento el que, a poco que se descuide, la arrastrará mar adentro, a las regiones remotas donde Achab persigue a la ballena, la Hispaniola busca su isla del tesoro y Robinsón, pese a todo, no llega a aburrirse jamás en su complicada isla.

Observo este panorama desde detrás de mi propio libro. Qué indiscretas serían las playas si no hubiera libros para escudarse, barreras de papel sobre las que enarcar una ceja inquisitiva. Y no porque ande uno pendiente de las diosas marinas, como el señor de antes: más que las desnudeces exteriores de quienes me rodean, me llaman la atención las desnudeces, digamos, interiores. Y es que basta atisbar la portada de lo que cada cual lee para sentirnos en posesión de un preciado secreto de esa persona. Hay quien parece haber cogido su libro al azar de uno de esos expositores giratorios que hay en los supermercados, y hay quien parece seguir al pie de la letra las recomendaciones benévolas de los suplementos literarios. Hay quien lee retadoramente a Dan Brown, como declarando: “he aquí un hombre (o una mujer) sin complejos”; y quien, igual de retadoramente, exhibe la sobrecubierta de colorines y la faja encomiástica del último premio Planeta, como diciendo: “Ya ve, aquí en la playa y al tanto de la actualidad literaria”. Y es que los libros que lucimos a la altura del pecho son como esos rótulos que les ponen a los presos cuando les hacen una foto: nos identifican, proclaman nuestra filiación y nuestro delito.

De vez en cuando, algo sobresalta a estos esforzados lectores: un golpe de viento, un pelotazo, un pregón, un aviso por la megafonía. Levantan los ojos y parecen deslumbrados por la excesiva claridad. O, quizá, por todo lo contrario: porque esos gritos, esas ráfagas, tienen algo de alucinación, mientras que la verdadera realidad, la más intensa, está en el pequeño y frágil objeto de papel que sostienen en sus manos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz


Bueno, finalmente me cerraron, por feria, el locutorio público de internet con el que me estaba apañando este mes de agosto, así que definitivamente parece ser que sí, que tendré que espaciar estas entradas hasta la vuelta de las vacaciones.


4 comentarios:

Darthz dijo...

Genial artículo.

Leer en la playa, en realidad, si no se coge una buena postura, puede llegar a cansar y ser un verdadero coñazo. Yo me he fijado también en aquéllos que leían, pero mis ojos no llegaban a vislumbrar los títulos ni siquiera las portadas... Pero sí que sentí una cierta curiosidad conspiratoria.

Que tenga unas buenas vacaciones.

Una sonrisa.

Anónimo dijo...

hola José Manuel. Soy Víctor Vela, del portal www.sincolumna.com. Nos encantaría contactar con usted para una posible entrevista en nuestra web.
Mi direccion de correo es
vvela (arroba) sincolumna.com

Mabalot dijo...

Pues excelente artículo. Siempre he tenido una curiosidad rayano en lo enfermizo por averiguar qué libro lleva la gente en las manos. Una mujer leyendo A la sombra de las muchachas en flor en el metro madrileño, de pie, con el vaivén meciendo sus pechos y sin quitar ojo a la página sin puntos y aparte, un conocido poeta gallego intentando ocultar su libro de autoayuda, un exconselleiro comprando Como me hice rico, de Aitor Zárate.

Merecido descanso entonces. Que lo disfrute.

Un saludo.

aniku dijo...

Precioso.
Y como Mabalot, también yo siento cierta necesidad de saber qué leen los demás.
Un saludo.