viernes, septiembre 07, 2007

DISIDENTES

Si hay algo difícil en esta sociedad aparentemente abierta y tolerante, es la disidencia. Ocurre en todas las esferas: en la laboral, en la vecinal, incluso en la familiar. No es que no pueda uno quejarse: por el contrario, quejarse se considera de buen tono, y los propios responsables de las inconveniencias de las que protestamos son los primeros en darnos la razón. Es su modo de decir que, para que haya progreso, para mantener el mito de que las cosas evolucionan siempre a mejor, es necesario que previamente estén mal. Es la política del goteo: “el paro ha bajado en tantos miles de personas”, “este año han muerto en las carreteras tantas decenas de personas menos que el anterior”. Nos consolamos con estos “avances” y fingimos ignorar lo que realmente indican: que el paro sigue siendo altísimo, o que la siniestra ruleta mortal que gobierna nuestros desplazamientos sigue plenamente operativa.

Lo mismo ocurre en la política: desde los comienzos mismos de nuestra democracia venimos fiando al futuro, a esos pequeños cambios graduales de los que nadie es responsable, la resolución de lo que, también desde los comienzos, identificamos como las grandes carencias de nuestro sistema: por ejemplo, la excesiva influencia de los nacionalismos periféricos, la necesidad de una reforma electoral, la posibilidad de que las listas electorales sean abiertas, para que el ciudadano pueda verdaderamente elegir al candidato que prefiera... Son cosas que venimos oyendo desde hace años; es decir, son muchos los que se quejan, porque quejarse, repito, está bien visto, y hasta denota cierta personalidad… Por eso los partidos abundan en “rebeldes” de boquilla, que juegan con la ilusión de que venden algo distinto de lo que su formación oficialmente defiende. Pero pocos son los que actúan en consecuencia: de hacerlo, el simpático y confortable quejica, que expresa en voz alta las carencias como si éstas fueran a resolverse solas, se convertiría en algo mucho más incómodo y difícil: en un disidente.

Es lo que le ha pasado a Rosa Díez. Llevaba años quejándose. Su partido, piensa ella, muestra una terca querencia a entenderse con quienes desean un modelo de estado que tiene poco que ver con la aspiración mayoritaria de los españoles. Ella lo ha denunciado infinidad de veces. Pero sólo ahora ha dado el paso: ha dejado su formación y va a impulsar una nueva opción política. Quizá ha tardado demasiado, y esa tardanza, por lo que tiene de cálculo cauteloso, puede que reste alguna credibilidad a sus intenciones: ¿tan difícil es salirse del círculo del poder? Pero hay que ser comprensivos: sí, es difícil. Y ahora empieza la apasionante aventura del disidente. En el cuarto de siglo largo con que cuenta la democracia española, ninguna opción ha prosperado al margen de los partidos establecidos. Pero quizá por eso mismo merezca la pena intentarlo.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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