jueves, septiembre 06, 2007

LA MÁS BELLA

Nada más sencillo que ahorrarse una decepción: basta no abrigar expectativas demasiado elevadas; incluso no abrigar expectativas de ninguna clase.

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La más bella, de Kurosawa: una antipática película de propaganda bélica de retaguardia, de 1944. Que se salva, quizá, por su hermosa factura, y por la sensibilidad del director a la hora de captar detalles realistas sobre la vida de estas muchachas que trabajan denodadamente en una fábrica de sistemas ópticos para aviones. Pero lo que estremece de la película es la tosquedad del mensaje totalitario: estas chicas son felices mientras cantan canciones patrióticas, desfilen a paso marcial por las calles y asumen como propios los objetivos de producción marcados por los jerarcas, y son intensamente desgraciadas cuando los compromisos familiares o las enfermedades les impiden cumplir con sus obligaciones. Tal vez Kurosawa fuera consciente, mientras filmaba este atractivo engendro, de lo grotesco de esa realidad. Pero más llama la atención lo intercambiables que resultan ciertos escenarios políticos: si nos hubieran dicho que la película, en vez de reflejar el sistema militarista nipón, reflejaba la realidad de, pongamos, la Corea del Norte comunista, nos lo hubiéramos creído igual. Y puede que eso también se deba a alguna de las decisiones artísticas tomadas por Kurosawa: mostrar siempre a sus personajes en un desolado paisaje industrial, en el que jamás aparece vestigio alguno de la tradición o de la naturaleza. El devastado paisaje de todas las utopías totalitarias del siglo XX.

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Cuánta gente cree construir su propia utopía totalitaria, incluso aquí y ahora, desde una misérima dependencia administrativa .

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