sábado, septiembre 01, 2007

MELANCOLÍAS DE AGOSTO

Si hubiera que equiparar los meses con los días de la semana, está claro que a agosto le correspondería el domingo, por las mismas razones que septiembre se igualaría con toda naturalidad a un prolongado y fatigoso lunes. A diferencia de los lunes, en fin, que lo son de pies a cabeza, los domingos son de naturaleza ambigua y contagian al ánimo esa ambivalencia. Las mañanas de domingo son luminosas y alegres, invitan a disfrutar del aire libre, a leer los densos suplementos dominicales en una terraza y a paladear una cerveza. Y éste es justo el carácter que tienen las primeras semanas de agosto: va uno a la playa, inicia la lectura de algún novelón y se permite ciertas expansiones. El tiempo, tanto en las mañanas de domingo como en estos primeros días de agosto, parece remansarse y adquirir la misma textura espesa que tenía en nuestra infancia. Cuánto dan de sí las horas que se extienden de once a tres, antes de que el domingo inicie su fatal declive; igualmente, cuánto cunden los primeros quince días del mes en el que no trabajan los especialistas y los comercios familiares cierran “por la tarde”, imagina uno que porque quienes los atienden tampoco esperan hacer mucho negocio con la amodorrada clientela que se aventura a salir en estas fechas antes del anochecer.

El problema empieza, en fin, a partir del almuerzo; o, pasándonos a la escala del mes de agosto, en cuanto queda atrás el puente de la Virgen. Los excesos predisponen a la melancolía; por eso supone uno que las que experimentamos en las tardes de domingo o en la segunda quincena agosteña obedecen, respectivamente, a la digestión pesada y a la resaca de las fiestas patronales. También el clima cambia. Empieza a refrescar por las noches. Algunos árboles despistados interpretan mal las primeras ráfagas de aire fresco y se desprenden anticipadamente de sus hojas. En ese ambiente de ansiedad mal reprimida, empieza uno a pensar en la inminencia del regreso al trabajo, en las obligaciones pendientes, en la necesidad de llevar reloj. Y empieza uno a sentir, en determinados momentos, una leve palpitación en el pecho. Pasa pronto: todavía la escenografía del verano se hace sentir con fuerza, y basta una copa al aire libre al filo de la madrugada o una de esas mañanas inmóviles en las que el mundo parece contener la respiración, a la espera de un milagro, para que olvidemos inmediatamente que el tiempo del ocio, del clima apacible y de la compañía voluntariamente elegida o rehuida tiene duración limitada y fecha de caducidad.

Pero en los días finales no valen ya las añagazas: pasado el último fin de semana, las ilusiones de agosto se derrumban como un castillo de naipes. Anticipa uno ya las largas caravanas del regreso: esas filas de coches conducidos por tipos que, pese a llevar todavía camisas floreadas y pantalones cortos, parecen camino de un funeral.

Publicado el pasado martes (28 de agosto) en Diario de Cádiz.

3 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Preciso artículo, coincidente con el mío (el tuyo antes, todo hay que decirlo). Coincidente en el tema, claro, que la imagen esa de las caravanas y las ropas veraniegas y la cara de funeral ya la quisiera yo para mí.
Abrazos y ánimos

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Por estas fechas esas coincidencias no son extrañas; al contrario, a veces dan lugar, en el medio en el que coinciden, a verdaderos monográficos estacionales (como aquellos números "extra" del Pulgarcito decicados al verano, a las navidades, o a lo que fuera). En una ocasión, recuerdo, en un número del suplemento Citas publicado por estas fechas coincidieron, en la misma página y en la correlativa, tres artículos sobre septiembre: de Francisco Bejarano, de Pedro Sevilla y mío. Ciertos estados de ánimo son contagiosos.

E. G-Máiquez dijo...

Qué terna aquella.