martes, septiembre 04, 2007

NOTICIAS

Una prueba palpable de la clase de tejido del que está hecha la naturaleza humana es la curiosa mezcla de noticias que uno recibe cada vez que reanuda el contacto con un grupo de personas a las que llevaba algún tiempo sin ver. Basta un verano por medio, por ejemplo, para que, al reencuentro, entre un sinfín de noticias banales sobre los placeres vacacionales, etc., tenga uno conocimiento de alguna enfermedad terrible, de alguna desgracia familiar o alguna muerte súbita.

La de este año es un suicidio. No abundaré en detalles, por discreción; pero baste decir que las circunstancias, por sí mismas, son tan insólitas que uno sólo recordaba haber visto algo así en el cine; algo parecido, en fin, a lo de esos millonarios americanos del 29 que se tiraban por el balcón al saber que sus acciones habían perdido todo su valor. Ese miedo insuperable a perder, junto a la solvencia económica, el crédito moral, acaso más difícil de recuperar.

Día extraño. Y luego, esta incómoda sensación de estar como en un segundo plano en relación a la realidad: todos, menos yo mismo, sabían la noticia; y a todos, salvo a mí, que la tengo aún sin digerir, se les había diluido ya más o menos entre las otras sensaciones que les había deparado el verano.

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