viernes, septiembre 28, 2007

SUPERÁVIT

En esto de los presupuestos del Estado siempre he tenido presente lo que decía el señor Micawber, el famoso personaje de Dickens: “Veinte libras de ingresos, diecinueve con seis de gastos, igual a felicidad; veinte libras de ingresos, veinte con seis de gastos, igual a miseria”. A eso atribuía yo el carácter, digamos, pobretón de nuestros servicios públicos: a que dependían de unos presupuestos permanentemente deficitarios. Tendía uno incluso a justificar esa penuria, algo impropia de un país que se jacta de ser la octava potencia económica del mundo: la función del Estado, pensaba yo, no es ganar dinero, ni ser rentable, sino estirar los presupuestos hasta donde sea posible para atender las justas demandas de la población. Y si, en ese empeño, se gastaba algo más de lo recaudado, no importaba, siempre y cuando el exceso no fuera irrecuperable ni afectara gravemente al conjunto de la economía. Las deudas se refinanciaban, y en paz: ése era, pensaba yo, el frágil equilibrio presupuestario en el que se movían los gobernantes; por eso los gobernados no debíamos pedir demasiado, para no desbaratar del todo unas cuentas ya de por sí precarias. Mejor una escuela paupérrima, en fin, que ninguna escuela; mejor un hospital escalofriante que ningún hospital.

Pero ahora resulta que, no sólo hemos enjugado el déficit crónico del presupuesto estatal, sino que, encima, hay superávit. Sobra el dinero, dicen; no porque se haya administrado mejor, sino, probablemente, porque se ha recaudado demasiado. El caso es que las arcas públicas están llenas. Y pasa con ese dinero sobrante lo que en las mejores familias cuando se enteran de que la abuelita, al morir, ha dejado una jugosa cartillita de ahorros: los distintos agentes sociales, las autonomías pedigüeñas y los ministros con más cartel se pelean por hacerse con una parte sustancial de ese capital.

Lo lógico, piensa uno, sería que el dinero se devolviera a quienes pertenece: a los contribuyentes; bastaría con rebajar sustancialmente los impuestos en el ejercicio venidero; y entonces seríamos nosotros, los ciudadanos, los que gastaríamos alegremente la demasía en lo que se nos antojara: en tener mejores vacaciones, por ejemplo, o en invitar a cenar a esa compañera guapa a la que no sabemos cómo entrarle…

En vez de eso, los distintos ministerios anuncian ayudas millonarias para esto y aquello: para vivienda (sin abordar las causas últimas de su elevado coste), para el dentista, para la natalidad… La cuestión no es si esas ayudas son o no necesarias: seguramente lo son; sino si son dignas de crédito esas promesas oportunistas hechas casi en vísperas de elecciones; mientras las escuelas, ay, siguen siendo paupérrimas, los hospitales dan escalofríos, las carreteras están llenas de parches… Y cuando invertir en todo eso sí que redundaría en el bienestar general.

Qué diría Micawber.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Counter-Revolutionary dijo...

Suelo estar de acuerdo con lo que leo en este blog, pero se conoce que viájamos por distintas carreteras y acudimos a distintos hospitales. No diré que sean todos unas maravilla, pero todas las carreteras y hospitales que he conocido son razonablemente buenos, incluso muchos más allá de la media europea. De escuela no puedo hablar, porque cuando me tocó fui a un colegio privado privado (es decir, no concertado), pero por lo que he oído o leído en la prensa, ahí sí debo concederte la razón.

Manuel G dijo...

Existen carreteras llenas de cráteres (Puerto Serrano - Coripe)y servicios de úrgencias con horas de espera e incluso si se me apura, listas de espera. Creo que el sistema es mejorable y quizá haga falta dinero.
De todos modos algún día habrá que pagar la deuda de los ayuntamientos.