lunes, octubre 29, 2007

COMIDA PARA LEONES

Lo que más llama la atención de La gloria de los niños es lo que se parece, en tono y atmósfera, a las historias que cuentan los testigos directos de la guerra y la posguerra: imprecisas, borrosas, inexactas, pero dotadas de una luz y una intensidad que les es peculiar; con algo (con mucho) de cuento, embellecido incluso, pero con indelebles trazos de dureza que resisten a cualquier intento de mixtificación. Así son, por ejemplo, los relatos de la infancia de mi padre. Los datos aportados por historiadores y periodistas sirven para contrastar esos relatos y situarlos en la perspectiva adecuada, pero nunca bastarán para desmentirlos o desacreditarlos: son la verdad vivida, con sus deformaciones e imprecisiones, frente a la frialdad del dato histórico o el testimonio forense.

La verdadera "memoria histórica" no puede ser más que la desmemoria del testigo que ha vivido y olvidado. Y esa desmemoria, que preserva lo vivido en relatos más próximos a la ficción y a la leyenda que a la verdad histórica, es, a la postre, el único testimonio que cuenta. Y, seguramente, el más cercano a la verdad.

***

Mi padre cazando gatos para venderlos -dice él- a un circo, donde los usaban como alimento para los leones.

***

Esa conciencia histórica consistente en haber sido, alguna vez, protagonista de una historia parecida a la de Pulgarcito o a la de Hansel y Gretel. Y poder contarlo.

No hay comentarios: