martes, octubre 09, 2007

CORRE

Como he tenido que dejar el coche en el taller, en un polígono industrial de las afueras, me veo obligado a coger el autobús en una de esas paradas extremas en las que casi nunca sube o baja nadie. De hecho, soy el único que espera, y el autobús llega vacío. Le pregunto al conductor dónde puedo hacer transbordo a la línea que me deja en el trabajo. "En la parada X", me dice. Y, como se me ve en la cara que no estoy muy familiarizado con esta ruta, ni muy seguro de reconocer esa parada, me anima, confianzudo: "Siéntate cerca, que yo te aviso". Obedezco, y todavía no he terminado de acomodarme (de sacar mis papeles, para distraer un trayecto que adivino largo y aburrido), cuando espeta: "¿Qué? ¿Hace frío?". Tardo unos segundos en entender que se refiere al aire acondicionado, que lleva puesto al máximo. La verdad es que lo he notado, pero, como hoy no me siento con ánimos de contradecir a nadie, le digo que está bien. "Es que fuera hace calor", argumenta. Claro. Y noto que quisiera pegar la hebra y que yo no estoy del todo a la altura de sus expectativas. Menos mal que, conforme el autobús se adentra por territorios más civilizados y suben algunas personas más, dejo de ser el objeto exclusivo de la sociabilidad del conductor. En esto, llegamos a la parada donde debo hacer el transbordo. "Es aquí", grita. Me levanto y me acerco a la puerta. Pero, justo cuando el vehículo maniobra para entrar en la parada, vemos que el autobús al que yo debía transbordar emprende la marcha. "No te bajes", grita. "Creo que lo alcanzamos en la próxima". Y, después de emplear apenas unos segundos en recoger a una pasajera, se lanza en pos del otro autobús, pisándole los talones a lo largo de todo el trayecto. Los otros pasajeros me miran, casi tan asombrados como yo. El caso es que lo logramos. Mientras el otro autobús recoge su carga en la siguiente parada, el mío se encaja de mala manera en el espacio que queda junto a la acera y abre sus puertas para mí. "Corre, que te da tiempo". Corro, efectivamente, para no defraudar las expectativas del conductor. Y subo al otro autobús. Y compruebo, agradecido, que lo que esperaba que fuera un trayecto larguísimo, que incluía una larga espera en una segunda parada, ha quedado reducido a su mínima expresión. Lo que, después de todo, no deja de ser una modesta e inesperada compensación por las muchas tareas onerosas que me tenía reservado el día. Y hasta tiene su gracia.

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