miércoles, octubre 24, 2007

EL HILO

Pequeñas odiseas cotidianas. Esta mañana, justo cuando el autobús estaba entrando en la ciudad, oímos un tremendo crujido en su base, como si algo se hubiese roto o aplastado. Miramos con preocupación por la ventanilla, temiendo ver una moto chafada en el asfalto o un coche empotrado en la barandilla. Pero no hay tal. Unos metros más adelante, el autobús de detiene y queda semiatravesado en medio de la carretera, provocando un atasco monumental. Tras algunos intentos fallidos de volver a ponerlo en marcha, el conductor se baja y detiene a otro autobús de la misma compañía, y nos dice a los pasajeros que nos traslademos al mismo. Así lo hacemos: nos atestamos en el pasillo del nuevo autobús, que ya iba lleno, lo que provoca alguna protesta entre quienes viajaban en él y alguna réplica destemplada por parte de los recién llegados. En cada parada, para que puedan bajarse quienes así lo desean, han de hacerlo antes todas las personas que se interponen entre aquéllas y la puerta... Temiendo que el remedio pueda ser peor que la enfermedad, renuncio a seguir en el vehículo hasta el final del trayecto y me bajo del mismo para esperar un autobús urbano. Tengo suerte: pese al retraso acumulado, llego al trabajo por los pelos.

Pero lo llamativo de todo este trasiego es que, en el curso del mismo, se han puesto de manifiesto infinidad de detalles curiosos de las vidas de algunos de los afectados. He visto, por encima del hombro de una estudiante de Empresariales, los apuntes que ésta le mostraba a un compañero: muy pulcros, sí, pero con los títulos repasados con rotulador rosa y los subrayados en una amplia gama de colores chillones, que daban un desazonante aspecto infantil a lo que parecía una sobria lección de contabilidad. Me he puesto al tanto de la amplia gama de razones por las que los allí congregados preferimos el transporte público, pese a sus inconvenientes, al coche particular. He sabido de los apuros de una mujer que venía del hospital, de pasar la noche con un enfermo... En fin, que no lamento haber visto interrumpida la lectura con la que habitualmente distraigo el trayecto. La realidad es más rica en historias, a veces, que cualquier libro. Y están casi todas por escribir, o requieren que alguien les encuentre el hilo conductor que las engarza a todas, que les dan su razón de ser en mañanas como ésta, tan necesitadas de conclusión, de moraleja, de desenlace.

2 comentarios:

Counter-Revolutionary dijo...

A mí me pasa lo mismo en el metro. Bueno, me pasa que me auto-sugestiono. A veces dejó el libro que lleve a ver si alcanzo a oir algo interesante. Pero son las mismas conversaciones de siempre, un aburrimiento. Quizás es que se me haya muerto la capacidad para la sorpresa, lo cual sería una desgracia.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Son las mismas, sí, pero no siempre iguales. De todos modos, las que aludo en esta entrada venían algo pasadas de rosca, por las molestas circunstancias en que estábamos todos.

No es la primera vez que escribo sobre mis idas y venidas en autobús; y la verdad es que el filón parece inagotable. Entiende uno que Pla le dedicara un libro a esta clase de viajes.