miércoles, octubre 31, 2007

ENAMORADOS

Él la llamaba “Azúcar”, y ella a él “Príncipe de la Satisfacción”. Extraños apelativos, que quizá en serbocroata suenen mejor que en nuestro desencantado español; o tal vez, simplemente, pertenezcan al intransferible idioma de los enamorados. El caso es que “Azúcar”, leemos, era una esposa insatisfecha, y “Príncipe…” un hombre de ésos que se confiesan incomprendidos por su mujer. Se conocieron en un “chat” (no me pregunten qué es eso: yo nunca he estado en ninguno), y en ese extraño lugar inexistente, en esa ilocalizable coordenada del ciberespacio, se enamoraron… Otros hubieran dejado que ese amor perviviera en esos espacios intangibles, donde nada puede enturbiarlo. Pero ellos decidieron conocerse. Se citaron (quiero imaginar que en algún rincón discreto de alguna ruidosa cafetería de Belgrado, por ejemplo) y descubrieron, horrorizados, que “Azúcar” era la esposa desabrida de la que él andaba huyendo, y el “Príncipe” no era sino el marido al que ella ya no soportaba. Si esto hubiera sucedido en una película americana, en fin, este sorpresivo encuentro hubiera derivado a un final feliz: uno y otro hubieran descubierto que el cónyuge que denostaban aún era capaz de desplegar simpatía y seducción, y eso los hubiera conducido a la reconciliación y al perdón de viejos agravios. Pero en Serbia, me temo, como en el resto de Europa, se estila un realismo más cínico y desengañado: ambos, unánimemente, pidieron el divorcio, alegando (con razón) la infidelidad del otro…

Es una historia curiosa, no sé si del todo fiable (en todas las fuentes que he consultado se reproduce el mismo escueto comunicado de agencia), pero, en cualquier caso, lo bastante sugerente como para haber dejado su estela en ese corrillo universal de vecinas que es Internet. No sabe uno muy bien qué es lo que más llama la atención de la misma: si su carácter paradójico o su condición trágica; si nos extrañan más las impredecibles derivas del destino o la facilidad con que se desmoronan ciertos castillos de naipes. Doble derrumbe, en este caso: el del languideciente matrimonio y el del prometedor romance. Quizás por la dificultad de admitir que dos personas puedan mantener entre sí relaciones de tan distinto signo.

Y sin embargo, digan lo que digan los biempensantes y los aficionados a los finales felices, yo creo que han hecho bien al pedir el divorcio. A ver quién perdona que lo engañen… consigo mismo; es decir, con nuestro más peligroso rival, el que posee los encantos y atractivos que alguna vez tuvimos y ya resultan, para quienes nos ven de cerca, irreconocibles.

Claro que, en este mundo imprevisible, a lo mejor terminan encontrándose en otro “chat”, y renuncian a conocerse en persona, y son felices para siempre en ese limbo que, con Internet o sin ella, es la única tierra propicia para los enamorados.

Publicado ayer en Diario de Cádiz

1 comentario:

ella dijo...

puede que ella lo que realmente necesitara fueran verdaderos amigos que dieran la cara por ella, defendiéndola a capa y espada como si se tratara de su propia esposa.
Los que impostan, siempre nacen arrodillados.