lunes, octubre 08, 2007

GEOMETRÍA

Dejamos el coche junto a las instalaciones del antiguo cámping abandonado y recorremos con cierta aprensión el tramo de camino que las atraviesa, dejando atrás el barracón que hacía las veces de comedor, la clausurada casa de los dueños, la piscina llena hasta la mitad de agua verdosa de lluvia.

Enfilamos el camino. A nuestra izquierda, montañas, entre las que distinguimos una honda garganta; a la derecha, un encinar desbrozado a conciencia, las manchas negras de sombra limpiamente recortadas sobre la tierra pelada.

El camino empieza a empinarse y C. empieza a respirar con dificultad. La esperamos en la segunda cancela. Al poco nos adelanta, a toda velocidad, una furgoneta cargada de ovejas muertas. A su paso queda en el aire un insoportable tufo, que tarda en amainar, aunque es posible que no proceda sólo de la macabra carga: a la vuelta del siguiente recodo, en la cuneta, encontramos más animales muertos. La furgoneta no ha tenido tiempo de parar y desprenderse de su espeluznante cargamento, por lo que nos planteamos la inquietante posibilidad de que este montón de cadáveres sea otro distinto al que transportaba el vehículo, y que estemos asistiendo a una mortandad desmesurada, extendida por toda la comarca.

Y todavía estamos dándole vueltas a esa cuestión cuando, al rematar una nueva cima del camino ondulante, divisamos una finca y, en ella, la furgoneta que nos había adelantado. Vemos que han bajado de ella dos operarios ataviados con pulcros monos de color gris. Interpelan a un hombre viejo, que parece encogerse de hombros ante las preguntas de los recién llegados. Deducimos que alguien ha dado parte de la mortandad, y que estos operarios son los encargados de recoger los cadáveres e indagar las causas de la misma.

Nos encogemos de hombros y proseguimos nuestro camino. Atravesamos una tercera cancela y, tras superar un nuevo repecho, divisamos un caserón de aspecto algo anticuado, levantado sobre una mesetilla y dominando el conjunto de construcciones del atareado y blanco cortijillo que se extiende a sus pies. Conforme rodeamos el caserón, nos vamos percatando de su empaque: tiene pistas de tenis, piscina, amplísimos jardines, diversas dependencias auxiliares. Se conserva, además, en perfectas condiciones, como si lo hubieran repintado ayer. Dada su cercanía al pantano, que es la meta de nuestra marcha, M. A. dice que debe de tratarse de uno de esos chalés que la Confederación Hidrográfica pone a disposición de sus ingenieros. Hago un chiste con eso de "la Confederación": la mansión, en efecto, es digna de pertenecer a un hacendado sudista.

Estamos llegando ya al final: hemos localizado el comienzo del "camino carretero" -así lo describe nuestra guía- que desciende al pantano. Pero se nos ha hecho tarde, hemos quedado con unos amigos para almorzar en el pueblo y debemos volver. Desandamos nuestros pasos. Cuando pasamos junto al pudridero de la cuneta, vemos que se han llevado ya parte de su contenido. Atravesamos a toda prisa el tramo maloliente. Unos metros más allá, nos detiene otra visión intranquilizadora: unas hormigas negras, emulando la labor de los de la furgoneta, arrastran el cuerpo de una pequeña lagartija; que no está muerta aún: de vez en cuando, hace acopio de fuerzas para sacudirse, de un coletazo, a algunas de sus atacantes. En vano: éstas vuelven a lo carga y la resistencia se va revelando cada vez más inútil. M. A. trata de intervenir, pero la lagartija, en sus manos, es ya un ser absolutamente exangüe, incapaz de beneficiarse de ninguna ayuda. "Es como la escena inicial de Grupo salvaje", comento en voz alta, aun a sabiendas de que M. A. ha pensado lo mismo: el momento en el que, al paso de la partida de bandidos, la cámara enfoca a unos niños que juegan a poner un escorpión a merced de un enjambre de hormigas furiosas.

A todo esto, C. no disimula ya su cansancio y su respiración dificultosa, que nos urge a enfilar el último tramo sin más dilaciones. Llegamos al coche y, tras andar perdidos durante unos largos minutos por los carriles de una urbanización de aspecto clandestino, crecida a la sombra del antiguo cámping, alcanzamos la carretera.

Esa noche a C. le sube la fiebre, M. A. duerme con ella en la cama de matrimonio y yo me dejo caer en la de C. y leo el capítulo final de una biografía de Byron: el que narra su penosa enfermedad en Missolonghi.

(En un día más animoso, en fin, hubiese sacado mayor partido de todo esto: tal vez un relato; pero ya no confío en estas situaciones que parecen abocar de antemano a alguna clase de resultado literario; o temo que sean otros los que no den demasiado crédito a los paralelismos demasiado marcados, a los acontecimientos circulares, a la extraña geometría de la realidad.)

1 comentario:

Mabalot dijo...

Es enigmático, quizá por esa misma "extraña geometría de la realidad", como la linea subterránea de algo fatal que el observador a punto está de descubrir.

Es buenísimo, el relato. Lo leí como un relato.