sábado, octubre 20, 2007

JAVIER MOLINA




El mar embistiendo contra una estructura rocosa; la luz de un atardecer urbano; una torre azulenca destacándose contra la negrura; una acera disolviéndose en la lluvia... Enunciar lo que contienen estos cuadros de Javier Molina (Cádiz, 1961) equivale a traicionar su misterio: el pintor ha querido abordar la realidad en esas confluencias de líneas y formas en las que ésta deja de ser explícita. Algunos lo llaman “abstracción”. Pero lo que en muchos es una huida hacia adelante, en Javier Molina es un modo de abordar directamente la carga emocional de esos lugares, de esa luz, de esas formas. Quiero decir que Javier, a estas alturas, se nos ha vuelto un pintor introspectivo e intimista. Estos cuadros cuentan una vida, y lo que tienen de misterio, de trampa pictórica, no es sino la necesidad de ocultar lo que acaso no puede ser dicho. ¿A qué tiempo pertenecen esos azules desolados, esa luz descorazonadora? A la infancia, claro. Al tiempo del que nada se puede decir, porque nos arrolló antes de que dispusiésemos de las palabras necesarias.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

(En la tarjeta-invitación de la exposición de Javier Molina que se inauguró ayer en la galería IslahAbitada, Cádiz)

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