jueves, octubre 25, 2007

RUIDOS, OTRA VEZ

Leo con verdadera consternación que el Gobierno ha terminado de desarrollar su Ley del Ruido con un decreto cuya aplicación costará ocho mil millones de euros; y la consternación se debe, no a que me parezca mal que se intente atajar esta plaga, sino a la constatación de que la distancia entre gobernantes y gobernados es tan grande que es posible que los primeros crean sinceramente que con una disposición legislativa y un aumento del gasto se solucionan los problemas. Palabras y dinero, la fórmula mágica. Pero el caso es que no veo cómo esas palabras, inscritas en el Boletín Oficial del Estado, y ese dinero van a cambiar la realidad. Porque ese decreto habla de aislamientos, de materiales de construcción estancos al ruido, etc. Y de qué servirá todo eso, pienso yo, si, en una de estas madrugadas todavía calurosas de mediados de otoño, como las de ahora, yo mantengo entreabierta mi ventana y por mi calle siguen pasando, con absoluta impunidad, decenas de motocicletas con el escape roto y coches que dejan a su paso una estela de música machacona y estentórea, o paran al pie de un edificio y hacen sonar el claxon para llamar la atención de la novia, del amigo impaciente, del traficante que ha de venderle al conductor la píldora mágica de la noche del viernes… En qué lejanas y silenciosas urbanizaciones viven estos ministros para que no hayan sospechado siquiera que el ruido no es tanto cuestión de materiales y normas de construcción, como de civismo. Y que el civismo se enseña en las escuelas y se hace valer en la calle con la diligencia que uno espera de la autoridad cuando se trata de defender los derechos del ciudadano. Quizá unas cuantas multas, unos cuantos vehículos requisados y unas decenas de juicios de faltas serían más efectivos para hacer valer el derecho al descanso de la gente que tantas complicadas reglamentaciones técnicas y tanto gasto.

Porque, en realidad, la propuesta de combatir los ruidos mediante el aislamiento de los edificios no es más que una confesión de impotencia: ya que no somos capaces de atajar tanto ruido innecesario, parecen decir, producto de la mala educación y de la naturaleza caprichosa y agresiva de algunos, forcemos al ciudadano a recluirse en edificios estancos, a cerrar las ventanas y a regular la temperatura y ventilación de su casa mediante costosos aparatos que, además de gastar energía, también hacen ruido… Es como permitir que la gente levante sus casas en los cauces de los ríos e instarlos a que las hagan a prueba de riadas.

Porque eso es el ruido: una riada que se te viene encima, que se cuela por las rendijas de tu casa, que te anega el dormitorio y el alma. Y un modo de hacerte saber que en esta sociedad no hay intimidad posible ni posibilidad de pensar. A no ser, claro está, que uno sea ministro y viva rodeado de alambradas.

Publicado anteayer en Diario de Cádiz

1 comentario:

loganfugado dijo...

Quizá sea más fácil y efectivo dejarles creer que son protagonistas las noches de los fines de semana, les sirven así los siete días. Es algo que se reproduce en cualquier parte de España y parece que no hay ninguna intención de solucionarlo.
Felicitaciones por los que considero siempre afortunados y acertados argumentos.