domingo, octubre 21, 2007

SÍMBOLOS

Muy aburridos debemos de andar para que nos haya dado por discutir sobre los símbolos: la bandera, el himno, la monarquía… En otros países más civilizados (o más atareados, en fin) la discusión quedaría zanjada con el recordatorio de que esos símbolos han sido establecidos por la Constitución, y debería bastar el respeto debido a la misma para que nadie los pusiera en cuestión de manera ofensiva o agresiva. Otra cosa son los sentimientos de cada cual. A unos les emociona todavía el recuerdo de que, hace años, en España ondeó la bandera tricolor y el estado tuvo otra forma y encarnó transitoriamente las ilusiones postergadas de amplios sectores de la población. Esa emoción es legítima, y a nadie debería asustar el hecho de que sea todavía cultivada por algunos. Lo mismo puede decirse de la forma del estado. A muchos (me incluyo entre ellos) nos parece que no sería ningún despropósito que la jefatura del estado fuera electiva, y no hereditaria. Pero eso no resta ni un ápice de legitimidad a quienes creen que es mejor que esta magistratura esté al margen de la confrontación política y se ampare en una vaga (por lo lejana y diluida) pero todavía constatable continuidad histórica. Lo único que cabe decir a unos y a otros es que acepten las reglas del juego, contenidas (y no es del todo ocioso recordarlo) en la Constitución vigente.

Más irritantes son los bastardeos y tergiversaciones que con tanto afán cultivan unos y otros. Si alguna vez volviera a haber una república en España, piensa uno, ésta no tendría más remedio que ser un régimen más o menos afín a su contexto político y geográfico. Es decir, se parecería a la República Francesa, o a Alemania, o incluso a los denostados Estados Unidos, y no a Cuba o Corea del Norte, por nombrar dos países en los que aún impera el sistema político y social que parecen añorar algunos presuntos republicanos españoles. Por ello, convendría ser serios cuando se habla de república: no es lo mismo para unos que para otros; y es posible, en fin, que muchos de quienes hoy se declaran republicanos no sientan la menor simpatía por el fondo liberal y democrático que tuvo en sus orígenes la vieja República del 31.

Lo mismo podría decirse de quienes pretenden apropiarse de la monarquía o de la bandera bicolor para esgrimir una y otra contra quienes consideran enemigos seculares de España. Flaco favor les hacen a ambas, y proporcionan muchos argumentos a quienes todavía tienen poderosos motivos sentimentales o tácticos para oponerse a una y otra.

Pero cansa este andar siempre reinventándonos, redefiniéndonos, reafirmándonos. Hay cosas más urgentes en las que pensar. Y existe la sospecha de que, cuando alguien levanta mucho la voz para invocar un símbolo o denostar otro, es que quiere acallar otras voces quizá menos apasionadas, pero mejor informadas y con cosas más interesantes que decir.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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