lunes, octubre 15, 2007

VELOS

No hace mucho coincidí en un tren de cercanías con un alegre grupo de muchachas a las que, de no ser porque una o dos llevaban el tradicional hiyab o pañuelo alrededor de la cabeza, nadie hubiera identificado como magrebíes. Salvo este detalle, vestían a la occidental: vaqueros, camisetas ajustadas y esas inútiles chaquetillas de punto que sólo cubren los hombros. Tampoco había diferencias palpables entre el comportamiento de, digamos, las que llevaban velo y las destocadas: todas exhibían la misma inabarcable mezcla de gestos descarados y misteriosos mohínes que caracteriza a todas las adolescentes…

Debo confesar, antes de seguir, que padezco arraigados prejuicios, digamos, teóricos sobre la cuestión del velo, y no puedo evitar sentir cierta irritación al ver cómo algunos sectores de la población inmigrante mantienen sobre la mujer imposiciones claramente discriminatorias. Pero esa tarde, en aquel tren, no experimenté ninguno de los sentimientos de rechazo acuñados en la fría digestión de las polémicas periodísticas. Más bien comprendí que, en lo concerniente a las muchachas de esa edad, una cosa es lo que dicte la tradición y otra muy distinta lo que, al calor de la libertad de costumbres felizmente imperante y bajo los impulsos naturales de la edad, ellas manifiestan. Quiero decir que, con velo o sin él, aquellas chicas se mostraban tan coquetas, llamativas y ruidosas como la que más; y que si las que llevaban velo lo hacían por imposición familiar o religiosa, aviados estaban los representantes de ambas instituciones si creían que con ello habían logrado empañar lo más mínimo la natural irradiación de la juventud y la belleza.

Pienso en estas cosas ante el nuevo rebrote de la ya cansina polémica sobre si se debe “regular” —odioso verbo— el uso del velo islámico en las escuelas. Algunos aprovechan para despertar al ya encanecido demonio anticlerical y postular, de paso, que también habría que prohibir el uso de sotanas y hábitos monjiles. Bueno. No seré yo quien ponga reparo a la higiénica separación entre iglesia y estado y a la necesaria aconfesionalidad de las escuelas. Pero ya sabemos, en fin, por amarga experiencia, que siempre que se le permite al estado que sea demasiado riguroso en la regulación de los comportamientos particulares, estamos dejando abierta una peligrosa puerta al recorte general de libertades. Y, puestos a juzgar apariencias, ¿no merece mayor reprensión, quizá, el adolescente desastrado que va a clase en chándal o pantalón corto, o ataviado con alguno de los disfraces patibularios que imponen las modas? Respétense las libertades de todos, ofrézcasele a todo el mundo la oportunidad de emanciparse de su propia herencia cultural (todas son onerosas) y alcáncense acuerdos razonables sobre cómo hacer de la escuela un digno espacio de convivencia y trabajo. Y dejémonos de zarandajas.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

***

El pasado viernes apareció en El País Andalucía esta reseña de Casa en construcción.

No hay comentarios: