viernes, noviembre 09, 2007

BLÚMER

Aunque soy uno de esos hablantes que conceden valor normativo al Diccionario académico, y trato de seguir obedientemente sus indicaciones, no hay año en el que no viva un momentáneo ataque de rebeldía frente a las nuevas incorporaciones al mismo. Me pasa con ellas lo que con ciertas comidas exóticas: me gustan en su contexto, pero me cuesta aceptar que sus ingredientes pasen sin más a mi menú cotidiano, o se mezclen impunemente con los sabores que conforman lo que el paladar tiene de banco sentimental de sensaciones y recuerdos; es decir, que no me decidiría, por puro capricho, a sazonar una tortilla con salsa de soja, o a añadir al puchero unas briznas de jengibre… Lo mismo me pasa con las palabras: me encanta oír a esas rutilantes muchachas de los culebrones que llaman “bluyines” a sus pantalones vaqueros, o dicen quedarse “nocaut” cuando las mira uno de esos galanes patilludos que suelen traerlas a mal traer por los complicados laberintos del sentimentalismo iberoamericano... Pero pecaría contra la naturalidad si yo mismo me decidiera a emplear esos palabros, aunque fuera al amparo de la autoridad que, ya digo, no tengo ningún inconveniente en reconocerle al Diccionario.

Palabras como ésas, leo, han sido incorporadas al mismo por decisión conjunta de las veintidós Academias de la Lengua Española. Lo que pretenden esas beneméritas instituciones, imagino, es luchar contra la natural tendencia del idioma a la disgregación. Mejor tenerlo todo recogido en el mismo libro, pensarán, que pasar por alto el hecho incontestable de que una muchacha hispanoamericana dice “blúmer” donde una española se atiene a la castiza “braga”.

Más ingenua me parece la tendencia de las recientes actualizaciones del Diccionario a recoger esos giros expresivos que políticos y periodistas ponen en circulación y luego, de buenas a primeras, pasan a mejor vida. ¿Alguien se acuerda de lo que quería decir el entonces presidente Aznar, hace años, cuando instaba a Fidel Castro a “mover ficha”? De ese jaez me parecen expresiones como “animal político”, recientemente incorporada. Lo mismo puede decirse de ciertos giros que juegan al escamoteo, como “perder aceite” (por “ser homosexual”)… Lo más probable es que, una vez recogidas en el Diccionario, pierdan su posible gracia, si es que la tenían, y sean sustituidas por otras que los académicos tardarán años en atrapar.

Porque eso es el idioma: una carrera contrarreloj en la que los hablantes —incluidos los obedientes, como es mi caso— llevamos siempre la delantera, perseguidos por un tropel de académicos que, libreta en mano, tratan de cazar las ocurrencias gratuitas, divertidas, chocantes, redichas o malintecionadas que vamos soltando acá y allá por el puro placer de hacer más variada y pintoresca la parla de cada día. Para no aburrirnos. Y para despistar.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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