viernes, noviembre 30, 2007

EL VENDAVAL

Sopló un poco de viento y derribó farolas, arrancó árboles, desgajó tejados e hizo volar alguna que otra cabeza de ganado. Las palmeras agitaban sus melenas, como bailarinas posesas; las marquesinas tableteaban, los charcos sobre el asfalto se erizaban como el lomo de un gato acariciado a contrapelo. Y las juntas de las ventanas modulaban el largo aullido del vendaval, como si éste, además de causar todos los efectos descritos, necesitara reafirmarse en su papel de malvado desatado y ensayase cómo asustar a los niños… Nadie recordaba nada igual en muchos años. El clima ya no es lo que era, decíamos, como si, en medio de tanto ruido, nadie fuera a llevarnos la cuenta de los tópicos. Es el cambio climático, decían los enterados. Y se quedaban tan anchos, como si saberse parte de una especie que es capaz de provocar semejante despliegue fuese un motivo secreto de orgullo.

Y me acordé de un documental que vi no hace mucho, en el que se decía que, en algunas regiones de África, se tiene la creencia de que el clima es gobernado por los “hombres-lluvia”: cuando es benigno, y bendice la tierra con lluvias que hacen crecer las cosechas, estos hombres-lluvia reciben toda clase de obsequios y muestras de afecto. Pero cuando hay sequía, son mirados con recelo, como si fueran los culpables, y en algunos lugares incluso los meten en la cárcel. En Occidente todos nos creemos hombres-lluvia, y tal vez lo seamos. A fuerza de leer suplementos dominicales y ver documentales de sobremesa hemos llegado a creer que la meteorología desquiciada es fruto directo de que dejemos la luz encendida más de lo debido, o de que pidamos bolsas de plástico en el supermercado, o pongamos la calefacción a tope para poder estar en casa en mangas de camisa en pleno invierno. Nos creemos pequeños dioses que, de modo indirecto, a través de insignificantes gestos cotidianos, decidimos el comportamiento de los elementos. Lo que no deja de ser, en fin, una exageración, porque los elementos nos sorprenden siempre, y nos desbordan, y nos hacen sentir nuestra debilidad esencial, y a veces hasta se permiten algún gesto de justicia poética, y se llevan por delante, como el vendaval del otro día, un concesionario de coches… Como si el clima supiera que esos extraños objetos huecos tienen gran parte de la culpa de sus trastornos. Claro que el clima no lee suplementos, ni ve documentales.

Pero la tormenta no sólo ha causado destrozos. Las nubes que siguieron al viento descargaron con furia sobre nuestro reseco paisaje cotidiano. El aire quedó más limpio, los verdes más intensos, las siluetas de los edificios más nítidas y perfiladas. También los hombres-lluvia, en fin, tenemos nuestro corazoncito, y somos capaces de emocionarnos ante la belleza de lo que parece ser el primer día de un invierno que no terminaba de llegar.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Manuel dijo...

Los hombres de campo lo saben con certeza. Tan sólo han de asomarse a cualquier arroyo, son más profundos y están secos. Llevan así varios años. El río ya no corre: camina con dificultad. Algo pasa,y parece grave.

conde-duque dijo...

Genial artículo, José Manuel.
En cuanto al tema del cambio climático, la verdad es que no tengo ni idea ni sé qué pensar. Supongo que lo mejor es quedarse en el término medio (aristotélico que es uno):
-Ni esto
-Ni esto otro

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo también soy partidario del término medio, amigo conde-duque. En esto y en otras cosas.