viernes, noviembre 16, 2007

LA FOTO

Después de un puente festivo, y en medio de este otoño apacible, que todavía no ha obligado a las autoridades a abrir las estaciones de metro para que duerman los indigentes, resulta fácil dar crédito al espejismo de que somos un país rico. Lo somos, sí, las cifras no mienten. Pero con esto de la riqueza de las naciones pasa lo que con nuestras ideas sobre la felicidad individual: a veces, quienes más razones objetivas tienen para ser felices son quienes se sienten más desgraciados; con el agravante, además, de que esa aflicción difícilmente podrá ser explicada a quienes sí tienen motivos tangibles para el infortunio. Qué crédito pueden merecer las ansiedades y depresiones del rico sano y desocupado a los verdaderamente acosados por la enfermedad o la miseria. Pues eso mismo ocurre con la pobreza en los países ricos: parece un achaque, una mancha esporádica que puede eliminarse con una libranza del presupuesto municipal o un par de intervenciones de los servicios sociales, igual que las tristezas sin fundamento se curan con unas pastillas.

Sin embargo, también los fundamentos de nuestra prosperidad son frágiles. El sueldo de los españoles, leo, figura entre los más bajos de la Unión Europea. El de los británicos dobla el nuestro, y los de italianos y franceses le llevan una amplia ventaja. De lo que se deduce que, para que una familia media española pueda permitirse lujos similares a los de sus equivalentes europeas, debe movilizar medios y recursos que un asalariado medio europeo ni siquiera se plantea. Por ejemplo, la solidaridad familiar: cuánto ahorra el estado español en guarderías, comedores escolares, residencias de ancianos, etc., gracias a la ayuda desinteresada que unas generaciones prestan a otras; a que los abuelos, por ejemplo, cuidan a los nietos mientras los padres trabajan; o a que muchos hijos e hijas (más ellas que ellos) atienden a sus padres ancianos cuando éstos no pueden valerse. También contribuye algo a la impresión general de bienestar el hecho de que muchas economías familiares dependen de dos sueldos; entre otras cosas, porque uno no basta para mantener a una familia.

Un bienestar, en fin, basado en la dependencia familiar y en la falta de verdadera autonomía personal. De lo que se deduce, también, que una de las fuentes de esa pobreza que a veces aflora en medio de esta relativa prosperidad general sea la quiebra de esas relaciones de dependencia. Viejos solos, mujeres solas. Como los que aparecían en la conmovedora foto que publicaba este Diario el pasado jueves: una fila de casi cien carritos de la compra vacíos, pertenecientes a otras tantas personas sin recursos, que hacían cola para el reparto mensual de comida que realiza en la ciudad una conocida institución benéfica. Una galdosiana fila de pobres, en esta España que ya no lee a Galdós.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Counter-Revolutionary dijo...

En España, desde luego, hay una mayor desigualdad que en los países que citas. Prueba es que en la renta per cápita las diferencias son mucho menores que las que citas respecto a los salarios medios. La conclusión es fácil: en España, los salarios están injustamente representados en el beneficio económico que se obtiene en el país.