lunes, noviembre 05, 2007

LE HÉROS MÉTALLIQUE (Cuaderno de Santander, 2)

Balzac según Gautier (citado por Wilde): el autor de La comedia humana, que tanta importancia concedía al dinero en sus novelas, habría inventado un nuevo tipo de héroe: le héros métallique.

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D
ía perdido entre el puente festivo y el compromiso que me obliga a permanecer en Cantabria, y que me tendrá ocupado a partir de mañana. Improviso una excursión al interior. El viaje de ida, inmejorable: la panorámica de San Vicente de la Barquera, antes de dejar el litoral, o el ajustado trayecto por el cañón del río Deva bastan para justificar el viaje. El lugar de destino, a diferencia de otros pueblos pintorescos, se presenta lo bastante vivo como para conjurar la maldición de este tipo de lugares: su reducción a mero decorado turístico. Paseo por los tres barrios históricos de la localidad, subo a una ermita cercana y sorprendo, en la lejanía, un panorama de los Picos de Europa que me resulta familiar: tal vez por parecerse bastante a alguno de los que pintó mi admirado Carlos de Haes (de quien, por cierto, se exhiben varios cuadros en el Museo de Cádiz)... Pruebo el excelente cocido lebaniego y, para rematar la apretada jornada, descanso al sol en un banco y leo un poco, hasta que el atardecer extiende su línea de sombra sobre el pueblo y no hay más remedio que ponerse en marcha otra vez, para no quedarse helado.

Pero, para evitar que el día acabe con esta reparadora impresión de ocio bien aprovechado, el viaje de vuelta se presenta complicado. En la estación de autobuses reparo en una de esas parejas gritonas y exhibicionistas que sólo parecen prodigarse en estos lugares de tránsito: él, de unos cincuenta años; ella, por lo menos diez o quince años más joven. Discuten por unas cervezas que guardan en una bolsa de plástico. Se dicen barbaridades que mejor no reproduzco aquí. Pero lo curioso del caso es que, pese a lo desabrido de las voces que dan, no consigo discernir si se están peleando o, simplemente, bromean. A los pocos minutos se les unen otros dos vecinos del lugar, que también se disponen a tomar el autobús a Santander. Con los recién llegados, se acentúa aún más la ambigüedad de la situación: jalean al tipo y requiebran bárbaramente a la mujer, y cada vez que los comentarios dirigidos a uno y a otro traspasan sobradamente la frontera de lo inadmisible, hacen desproporcionadas profesiones de cortesía y respeto, que son aceptadas con idénticos alardes de mundanidad por parte de los presuntamente ofendidos... Tengo la impresión de estar asistiendo a una comedia. Y me predispongo a disfrutarla, pues con esta compañía he de compartir el microbús que ha de llevarnos al pueblecito asturiano de Panes, para enlazar allí con el autobús de Santander.

El conductor, que debe de estar habituado a la peligrosa carretera, la recorre a toda velocidad, y el vehículo se tambalea inmisericordemente en las curvas y casi roza los salientes rocosos, mientras su abigarrado pasaje multiplica las baladronadas y obscenidades que intercambia alegremente.


Cuando abordamos el autobús propiamente dicho, la algarabía se diluye un poco. Pero pronto empiezan las protestas (justas) por el frío que hace en el interior del vehículo. Éstas suben de tono, hasta el punto de que el acompañante de la chica amenaza con prender fuego a uno de los asientos. El conductor, un hombre curtido y avejentado, al que calculo que no debe de faltarle mucho para la jubilación, se encara con el bronquista: "¿Qué pasa ahí atrás?". Le repiten la protesta, algo dulcificada. "Al que no le guste, que se baje". Y con eso zanja la cuestión.

En fin, un día redondo.

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Lo mejor de The Quatermass Experiment: la impresión que logra transmitir de que todos esos extraños acontecimientos vienen a infundir un poco de vida a una sociedad empobrecida y mustia: la de la Inglaterra de posguerra. ¡Esas chaquetas arrugadas, esos jerseys gastados, esas casas que, aun en el celuloide, parecen trascender a repollo cocido! Entiende uno el anhelo de Quatermass por alcanzar el espacio, por muchos peligros que eso pueda implicar.

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