miércoles, noviembre 21, 2007

A LO BONZO

No aguanté más de media hora. Pero la impresión que me dejó esa especie de careo televisivo entre el presidente de la Junta y un grupo de ciudadanos fue que ambas partes se aburrían mortalmente de escucharse entre sí: al presidente le impacientaban las preguntas mal formuladas, indecisas, cargadas de casuística irrelevante, que le lanzaban los ciudadanos; y éstos a duras penas lograban mantener la cara de circunstancias ante las frases de discurso de investidura que les soltaba el mandatario. No había posibilidad de encuentro entre aquel inabarcable rosario de preocupaciones cotidianas (que si las pensiones, que si el precio de las cebollas en origen...) y las altisonantes abstracciones con que los políticos creen abarcar y (esto es lo peor) controlar la realidad.

Sensación de que este tiempo, esta generación, este país, está desperdiciando algo, no sé exactamente qué.

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Lo que no me ha aburrido hasta ahora, y dudo que lo haga, es La materia de Andalucía, el lúcido y amenísimo ensayo de Enrique Baltanás. Lo importante de los ensayos no es tanto el asunto del que dicen ocuparse, como el modo en el que, en el desarrollo de ese asunto, entrevemos una mente que devana sus pensamientos ante nosotros con la cordialidad dialogante de quien se entrega gustoso a una discusión entre iguales (entre iguales, entiéndaseme, que sólo lo son en el silencio ideal en el que el lector recibe el discurso del ensayista y se mide con él). El asunto del que trata éste de Baltanás no es, a priori, de los que más me interesan: detesto las discusiones identitarias, incluso cuando de ellas resulta (como creo que es, por fortuna, el caso) un serio ajuste de cuentas a la mera noción de identidad. Pero los argumentos examinados proceden de la buena literatura, y el despliegue de erudición amena del que hace gala el autor para defender su argumento es, por sí solo, una invitación a frecuentar regiones de la literatura por las que quizá hace mucho que no transitamos. Y eso, que acusemos esta vivísima incitación a la lectura de otros libros, dice mucho del placer que sentimos al leer éste.

Pero más placentero aún resulta comprobar cómo el discurso transcurre por cauces nada profesorales, cómo se evita el tono de tesis doctoral, y se prefiere la prosa amena, los corteses titubeos de quien se resiste a endosarnos un argumento sin haber creado antes un cierto calor comunicativo; sin reprimir, en aras de esa misma cordialidad, algunas bien traídas digresiones, que rozan la confidencia.

El ensayo, cuando tiene estas características, es el género que más acompaña. Y éste de Baltanás, que ha editado la Fundación José Manuel Lara, es de los que hacen contigo un viaje entero, y aun la vuelta.

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No dije que el haiku de ayer lo escribí en la pantalla del móvil, usando el editor de mensajes, en uno de los pocos intervalos en que logré abstraerme del abotargamiento que resulta de un día entero de espera en un hospital (acompañaba a un familiar). Valga el dato, en fin, como atenuante contra todas las molestias y malos hábitos que debemos a tan impertinente aparatejo.

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Mientras escribo estas líneas, la gata se me ha dormido sobre las piernas cruzadas (tengo la malísima costumbre -para la circulación, dicen- de escribir con las piernas recogidas a lo bonzo sobre el asiento). Ella también acompaña. Y aligera un tanto el sentimiento de culpa que siento por incurrir, día tras día, en este ejercicio solipsista.

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