domingo, noviembre 18, 2007

PAISAJES

Ese Dios cubista, consistente en un ojo inscrito en un triángulo. Y que, más que verlo todo, parece solamente verse a sí mismo.

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Casa Fardela, punto de destino de uno de los muchos senderos agrestes que parten de Benaocaz. La primera vez que quisimos llegar hasta allí, nos confundimos en una de las bifurcaciones y, después de avanzar y retroceder en vano ante diversos obstáculos, hubimos de volver sobre nuestros pasos. Esta vez no: el camino se muestra diáfano, inconfundible, y llegamos a la bella hondonada en la que se alza el doble edificio donde termina nuestra ruta. Estamos contentos, no tanto por haber rematado este modesto logro, como por tener la sensación, al haber llegado hasta aquí, de que se nos abre la amplia y algo enmarañada red de senderos que cruzan esta parte de la sierra. La verdadera urdimbre de la misma, si se prescinde de la elemental y artificiosa red de carreteras. Es más: la que comunica Benaocaz, Villaluenga, Grazalema, El Bosque y Ubrique, para volver otra vez a Benaocaz, no es más que el contorno de un reducido pero casi inagotable territorio que sólo se muestra en toda su plenitud a quienes se deciden a recorrerlo a pie. Un territorio que interiorizar, paso a paso.

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Y esa burra que, cuando la pasamos de largo, se pega a nosotros y hasta nos da algún amable empujoncito con el hocico, requiriendo nuestra atención. No tenemos mucho que ofrecerle: unas mondas de naranja. Pero parecen gustarle. Y nuestras manos casi desaparecen en su belfo, mientras ella delicadamente arrebata de las mismas nuestra modesta dádiva.

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Ya en el pueblo, en casa de unos amigos, llama nuestra atención un desagradable ruido de metales chafados. Un todoterreno se ha empotrado contra el voladizo de una ventana. Salimos. Y lo que esperábamos que fuera a dar pie a un agrio intercambio de reproches y disculpas, da lugar a una animada escena a la que se suma una docena de personas: unos aconsejan al desafortunado conductor, que no se atreve a mover el vehículo, la maniobra más conveniente para no aumentar el daño. Otros proponen que unamos fuerzas para levantar a pulso el vehículo y separarlo de la pared. Uno me dice, confidencialmente, que el conductor ha bebido algunas cervezas de más. Y el dueño de la casa, nuestro amigo, sale con una cámara de fotos, no tanto para recabar testimonios visuales del desaguisado, como para inmortalizar el momento y la concurrencia. Falta poco para que proponga continuar la fiesta dentro de la casa. Lo que, después de todo, no hubiera sido una mala idea.

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El abismo de la intimidad ajena. Da un poco de miedo asomarse a él por vez primera. Y, sin embargo, qué conocidos, qué familiares resultan los paisajes que se ven al fondo.

3 comentarios:

Manuel dijo...

Ha sido casi como estar en la sierra. Me encanta el campo,me crié en un cortijo y cada vez que paseo suelo recolectar. El problema es que cada vez salgo menos a pisar terrones. Y eso que tengo la suerte de vivir al lado de la via verde.
Un saludo y ojalá no dejes de disfrutar con la familia por esos caminos diáfanos.

Counter-Revolutionary dijo...

En una de las puertas de la iglesia parroquial de mi pueblo está ese mismo símbolo, que siempre me ha llamado la atención, porque nunca me ha parecido, a pesar de lo ortodoxo que pueda ser, del todo católico, sino algo masónico.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La verdad es que "pisar terrones" le reconcilia a uno con el mundo. En cuanto a lo de "signo masónico", me parece acertado, sí.