viernes, noviembre 23, 2007

UN CINCUENTENARIO

Mortadelo y Filemón han cumplido medio siglo. En España, a excepción del patrimonio monumental y de nuestras peores inclinaciones, pocas cosas duran tanto: ni los regímenes políticos ni los prestigios literarios alcanzan esa longevidad, por lo que no deja de ser curioso que lo logren unos personajes de tebeo. Cabe preguntarse por las razones de la misma. Otros personajes de entonces, aunque no han sido del todo olvidados por sus lectores, tienen poco que decir a los jóvenes de hoy, a quienes seguramente les costará entender que sus padres y abuelos se divirtieran con las aventuras (desventuras, más bien) de las hermanas Gilda, dos solteronas un tanto antipáticas, o se relamieran con las hambres de Carpanta, o les resultaran entretenidas las vicisitudes familiares y laborales del atribulado Rosendo Cebolleta… Más que personajes de tebeo, parecían figuras de un martirologio contemporáneo, en el que estuviesen representadas las desgracias y tribulaciones que afligían al español medio.

En ese contexto aparecen los ya cincuentenarios personajes de Ibáñez. La verdad es que, sin ser del todo ajenos a ese mundo pobretón y jerarquizado, en el que los jefes imponían su criterio a bofetadas, parecían instalados en otro universo más irresponsable y divertido, en el que el jefe (el pobre Filemón, con su prurito de profesionalidad) sufría tanto o más que el subordinado, el soñador Mortadelo, cuyas meteduras de pata solían terminar en espectaculares catástrofes de las que casi siempre era víctima el primero. Y es que, aunque nominalmente eran detectives privados (más tarde, “agentes de la T.I.A.”), y a veces se enfrentaban a criminales brutísimos, uno los recuerda preferentemente entregados a largos periodos de inactividad entre caso y caso; urdiendo, cada uno por separado, minuciosas tramas domésticas cuyo objeto podía ser, en el caso de Mortadelo, comerse un bocadillo a escondidas del jefe (siempre celoso del decoro profesional) o entretener a un sobrinillo travieso, mientras Filemón, más comedido (y bastante más vago, todo hay que decirlo), se conformaba con leer tranquilamente el periódico… Tal vez ése fuera el gran descubrimiento de Ibáñez: sorprender a estos peculiares antihéroes en su rutina, retratarlos como dos solterones maniáticos y fantasiosos, más bien poco ejemplares, pero bastante cercanos al lector.

Yo mismo, quizá, dejándome contagiar de ese gusto por las pequeñas conjuras cotidianas, adquirí el hábito de leer sus historietas a escondidas, para no ser objeto de las burlas del primero que me sorprendiese en pleno ataque de risa ante un tebeo manoseado. Les debo ese descubrimiento: lo que la lectura tiene de placer clandestino. Y algo más: la luminosa idea de que el jefe casi nunca tiene razón, y que quizá por eso mismo es jefe. Como el poco imaginativo Filemón, el pobre.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Manuel dijo...

Ibáñez y sus personajes han hecho más por la animación a la lectura que todas sosas las campañas publicitarias de todos los gobiernos habidos y por haber.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Efectivamente.