domingo, noviembre 11, 2007

UNA VELADA


Una de esas veladas en las que, previa renuncia a la televisión, se siente uno en disposición de hojear, y casi leer, media docena de libros (y aligerar, un poco, esa preocupante pila de volúmenes no leídos que se va acumulando sobre la mesa).

Repaso, para empezar (y concluyo), Puntos suspensi..., la breve antología del brasileño Mario Quintana que ha traducido Enrique García-Máiquez. Buen poeta menor -dicho sea lo de "menor" sin la menor intención depreciativa-, de ésos que parecen imprescindibles para vacunar a la poesía, en general, de ese enfermizo afán de expresarse sólo a través de las grandes individualidades más o menos recortadas según el patrón de los tiempos: es decir, para vacunarnos, a la poesía y a los lectores, de la tendencia a pensar que sólo hay que leer al Neruda de turno. No voy a citar aquí ningún poema ni aforismo de este divertido y certero Quintana -ya lo hace con cierta frecuencia García-Máiquez en su propio blog-. Pero sí quiero anotar, a modo de recordatorio, que habré de acudir a este librito con cierta frecuencia, para refrescar la cabeza y reconciliarme con la verdad esencial de la poesía, su frescura primigenia, su carácter bienhumorado y benéfico...

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Hojeo también un par de publicaciones de la Consejería de Educación: una antología de la poeta granadina Elena Martín Vivaldi y otra de la Generación del 27. Busco en los versos de la primera, en vano, algo de lo encontrado en el libro anterior: una poesía que, sin alinearse con la moda de cada momento, ofrezca unos pocos ejemplos acabados de cordialidad y pertinencia. En vano: Martín Vivaldi oscila entre lo materiales juanrramonianos de segunda o tercera mano y algunas influencias ocasionales de poetas del 27, sobre todo de Jorge Guillén. Cuando se libera de esos clisés, su discurso fluye ex abundantia cordis, sí, pero sin control ni medida, como si escribir poemas no consistiera más que en acumular cosas bonitas. Lo mejor del libro, las acuarelas de la hermana de la autora: menores, sí, pero delicadas y simpáticas.

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Y luego, la enésima antología escolar del 27. Si de algo sirven estos libros, es para comprobar cuál es el estado de la cuestión. Sí, parece que la nómina oficial del 27 se va ampliando. Ya figuran Concha Méndez, Juan Chabás, Rafael Laffón, José María Hinojosa... ¿Por qué no el, a menudo, delicado y certero Joaquín Romero Murube? Misterios de la ocasión política. La misma que lleva a anotar al antólogo -el ponderado Javier Díez de Revenga- que Hinojosa fue fusilado en los primeros días de la guerra, pero sin decir por quién.

Aunque una cosa sí parece indiscutible: conforme se amplía la nómina del 27, aumenta la impresión de que estamos ante una poesía... de cancionero. Se acentúan la similitudes, más que las diferencias. Y el conjunto adquiere una amarillenta tonalidad de época. Que, en el fondo, tampoco le sienta mal.

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Y, para terminar, el divertido e indecente Cancionero de amor y risa de Joaquín López Barbadillo, que acaba de publicar la sevillana Espuela de Plata, la hermana de Renacimiento. El libro no sólo permite apreciar la mejor poesía obscena española de todos los tiempos, sino, sobre todo, la peculiar clase de erudición en la que tanto destacó este impenitente pornógrafo sanluqueño, al que algunos conocerán por la impagable "Biblioteca de López Barbadillo y sus amigos" que hace unos años reeditó Akal, y que se abría con una cuidada edición de los Diálogos de Pietro Aretino... Tampoco figura López Barbadillo en las nóminas al uso. Pero, sin la presencia de personajes como él, qué aburrida sería la literatura.

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Y ya antes de devolver todos estos libros a sus estantes (mejor dicho, de hacerles sitio, pues son nuevas adquisiciones), unos minutos para hojear, y leer a retazos, el tomito en el que el crítico Ignacio Echevarría antologa las mejores entrevistas con escritores publicadas por The Paris Review. Protestones, impertinentes, maleducados, presumidos. Cheever intentando quitarse importancia (que es un modo de dársela); Bellow, citando a Faulkner entre sus maestros; Evelyn Waugh, afirmando que Faulkner es malísimo, y que todo escritor está obligado a ser reaccionario... De ser cierto lo de Faulkner, por cierto, buena parte de la narrativa contemporánea en español adolecería de haber elegido el peor modelo posible: sin Faulkner no se entienden ni el sobrevalorado García Márquez, ni el plomizo Onetti, ni casos más recientes, como el de Ramiro Pinilla.

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Duermo luego como un bendito.

1 comentario:

Mabalot dijo...

Lo de García Márquez es cosa de tiempo. Ni él se hace muchas ilusiones. Y Onetti, que ha leído mejor a Faulkner, sí que es un plomo, aunque de vez en cuando pruebo un poco, para ver si estaba equivocado, y no me dura mucho la ilusión.

Me gustó El pozo, su primera novela. Se la recomiendo, si no la leyó, señor Ariza.

Un saludo.