domingo, noviembre 04, 2007

VER O VIVIR (Cuaderno de Santander, 1)

El curioso dilema del turista: el temor a que la ansiedad por verlo todo te impida vivirlo. ¡Ese afán por fotografiarlo todo, por confiarlo todo a una cámara de vídeo! O a una libreta, que, aunque menos frecuente, viene a ser lo mismo.

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Claro que, a veces, es mejor no ver más allá de la fachada. Ni atajar por callejones traseros, para no dar ocasión a visiones como la que guardo de esta bella localidad costera cántabra: nada más salir de su acogedora plaza porticada, abierta al mar y a la impresionante vista del puerto, dominado por una iglesia gótica, un castillo y un puente medieval, me veo en un sórdido callejón en medio del cual... hay una rata despanzurrada. De los balcones cuelgan cartelas que dan cuenta de las protestas de los vecinos, hartos de vivir tras las bambalinas de un portentoso decorado que oculta la más flagrante desidia municipal.

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Wilde (citado de memoria): La diferencia entre periodismo y literatura es que el periodismo es ilegible y la literatura no se lee. De lo que cabe deducir una doble paradoja: a) la literatura sí suele ser legible, pero de poco le sirve esa cualidad; y b) el periodismo (y, por extensión, todo aquello que se vale de la prosa periodística, incluida buena parte de la literatura comercial), a pesar de ser ilegible, es leído con fruición por muchos.

(Sacado de uno de esos tomitos antiguos de Austral que uno compra por docenas en los baratillos, y cuya lectura se deja siempre para mejor ocasión; o, mejor dicho, para ocasiones como ésta, en la que resulta imprescindible viajar ligero de equipaje, y nada que ocupe menos que estos simpáticos libritos de tacto áspero y quebradizo.)

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Mientras he estado acompañado, la necesidad de comer conllevaba una serie de obligaciones y ceremonias que uno acataba con placer, porque aunaban la satisfacción del apetito con un excelente pretexto para hacer vida callejera; ahora que me he quedado solo, la necesidad sigue existiendo, pero el pretexto no parece tan apremiante ni tan placentero. Sales a comer con la sensación de ir a la caza de algo, casi como quien acude a un encuentro carnal clandestino o a una transacción ilícita y vergonzosa. Evitas los lugares demasiado concurridos. Y, casi siempre, terminas eligiendo sitios más o menos impersonales, en los que puedes devorar un par de bocados mientras ojeas el periódico manoseado por todos.

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Claro que también se aprende algo de esta necesidad sobrevenida de llenar todo este tiempo que vas a permanecer solo en un sitio extraño. Localizas un cine donde reponen viejas películas de ciencia ficción. Localizas un ciber. Tomas nota de una cafetería donde ponen platos combinados que no exigen demasiadas cavilaciones. Estudias los paneles de la estación de autobuses, anticipando excursiones que, seguramente, no llegarás a hacer, por pereza... Y nada de esto (no, ni siquiera el tomito de Wilde en tu bolsillo) bastan para devolverte la impresión de que estos días son, también, vida vivida, y no vida meramente aplazada, a la espera de que suceda algo, o las aguas vuelvan a su cauce.

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Leer la prensa local de una ciudad que no conoces supone, casi siempre, una doble admisión: a) en todas partes cuecen habas; y b) no por estar condimentadas de modo distinto a las de casa, estas habas son más apetitosas.

Pero lo realmente divertido es la constatación de que toda esta gente extraña que te rodea está al tanto de una docena de polémicas locales y ciclos noticiosos que a ellos realmente les atañen y que a ti, aun haciendo un serio esfuerzo por contemporizar, te traen absolutamente al pairo.

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(Y, ahora, al cine, a ver El experimento del Doctor Quatermass.)

1 comentario:

conde-duque dijo...

Reconozco que soy de esos que no sabe distinguir entre ver y vivir. Para mí es lo mismo. No hay más...